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Cosas de Mao
Por Isaías Medina-Ferreira   

Dominguito Reyes; el genio sin presunción

(CONTIENE LENGUAJE VULGAR)

Seguido lo veía, usted percibía a un ser humano diferente: sus manierismos nerviosos, el fumar en cadena; el andar apresurado, de caminar agachado, y su hablar gangoso (más de las veces consigo mismo) a velocidad de rayo, su divagar en un mundo propio y sus ocurrencias temporizadas, lo hacían un imán para quienes nos gustaba disfrutar de su compañía, privilegio sólo abierto a unos cuantos.

Aquel señor descarnado, de pelo canoso y de estatura no muy alta siempre estaba arreglando algo; una máquina de escribir o de sumar o uno de esos artefactos raros que sólo él entendía y podía arreglar. Por eso, por lo bajo, de cariño le apodábamos Ciro Peraloca, como el personaje de los paquitos cómicos, un genio que tenía cabeza de bombillo y pensaba en toda clase de teorías e invenciones.
    
Su curiosidad era insaciable y a veces nos deslumbraba con su instinto que parecía sobrenatural. Un día soleado, en medio de uno de esos calores de Mao en que las hojas de los árboles se ponen cenizas y el tiempo parece estancarse ahogado por la humedad, estábamos escuchando atentos a Dominguito, como a eso de las once y media de la mañana; de repente, mira al cielo, que no presentaba ni siquiera una nube, y dice “aquí, aquí va a llovéi” y cruza la calle y se mete a su casa que quedaba en la Hnas. Mirabal frente al parque, a la sazón llamado Amado Franco Bidó. Los 6 ó 7 jóvenes que componíamos el grupo, por supuesto, no hicimos caso y nos quedamos charlando y murmurando, “qué loco ei diablo, ¡dique llover!”. No tardaron tres minutos antes de que se desatara un aguacero torrencial que nos empapó a todos de pies a cabeza, para gozo y satisfacción de Dominguito quien no paraba de reír desde la galería de su casa.

Dominguito era amistoso con quien se sentía en confianza y tenía un gran sentido del humor, lo cual atestiguamos todos quienes nos reuníamos a su alrededor en el parque de recreo para oírle declamar poesías o contar sus fechorías de infancia y adolescencia.

Una de sus historias favoritas era decir que los alemanes le habían robado la invención del paracaídas. “Yo, yo, fui ei primero que se lanzó en paracaída”, y señalaba hacia la esquina opuesta del parque, donde había estado la iglesia.. “Yo, yo me tiré con una sombrilla dei campanario de la iglesia, y si a la maidita sombrilla no se le abren la varillas hacia arriba, tuviera yo volando todavía, coño. Eso sí, caí entre una guazábaras, poi donde Caipín, que se dieron guto conmigo. Te-tenía epinas hata po’ ei culo, coño

Otra de sus favoritas era decirnos que él fue la primera persona que subió el Santo Cerro (en La Vega) en un Ford de palito. “La primera ve le di duro como un condenao, y como a la mitad ei jodío motoicito se murió y cogió ese carro pa’trá como la jon dei diablo. Cuando llegué abajo me puse a pensái. Entonce, cambié de etrategia y lo puse en riveisa. To’ ei que me veía creía que yo taba loco, hata que llegué allá arriba”.

Dominguito, “¿y por qué se le ocurrió subir de riveisa?”, preguntaba alguien. “Ah, ah, ¿qué crees? Ei motói dei carro taba alante… subiendo de rivéi la gasolina bajaba ai motói poi gravedad”.

La mayoría de las historias que contaba, ya las sabíamos pero nos gustaba pedírselas por la gracia y gusto con que las narraba.

Dominguito, diga lo que le pasó con su abuelo”. Y reía con picardía, pasando la mano por su cabellera blanca en canas, mientras se lamía los labios. “Mi, mi, mi a- abuelo era ciego, y pa’ ir a hacéi su necesidades tenía un coidéi dei que se agarraba y seguía hata llegái a la letrina. Un día, le mudé ei coidéi y puse ei cajón de la letrina en medio de la cocina. Cuando llegó la cocinera y encontró ai viejo cagando en medio de la cocina, eso fue un ecándalo dei carajo. Eso sí que-que me dieron una paliza, que hubo que untaime sebo”.

Pero en la casa había también una gata ciega, ¿no es así?”, decía alguien. “Yo lo que hacía era que cuando ei viejo andaba poi la casa con ei batón, le ponía la gata entre lo pie y la gata lo aruñaba. Un día ei viejo le mandó un batonazo a la gata y se-se me pegó a mi en la narí… taba ei griterío y la sangre ai pecho”. Las carcajadas disminuían sólo cuando alguien le hacía otra pregunta. “¿Y no dique uté tuvo ai matái ai viejo con un ratrillo?”. En seguida contestaba, “e-eso ej eixagerao. Cuando éi me dio ei batonazo, a mi se me-me ocurrió la idea de poneile un ratrillo acorao en una silla, con la parte de metái hacia arriba, pa cuando lo pisara ei ratrillo lo goipeara con ei palo. Ei nunca lo pisó poique con ei batón se dio cuenta que aigo taba enfrente”. “¿Y le dieron una pela por eso?”. “¡Muchacho!”, contestaba, y se levantaba la camisa para enseñarnos una cicatriz que le había dejado la hebilla de la correa en la espalda.

Dominguito, cuente cuando usted agarró el zumbador”. Este era siempre un momento en que Dominguito reía a más no poder, como si la sinvergüencería le retozara en el cuerpo. “A mí se me ocurrió agarrái un zumbadói y me-me pegué flore poi to’ lo lao y me puse entre las sangre e’ crito callaíto, eperándolo. La primera ve que se me aceicó ei condenao comenzó a volái en frente de mi narí, y, y, coño, etojnudé. La segunda ve, etói ahí aguantando la repiración, pero-pero cuando ya iba a tirái la mano, ei maidito me cagó la cara. La teicera vé lo agarré, pero le dí tan duro con la do mano ai pendejo, que lo maté”.

Dominguito fue quizás lo más cercano a un genio que muchos de nosotros llegamos a conocer. Hace ya tanto tiempo que se fue de esta tierra, pero donde esté seguro estará ingeniándoselas para saciar su curiosidad y sacar una sonrisa a su prójimo.

Cuán cierto era lo que decías, Dominguito: “La vida es como una escalera de gallinero: corta, cagada, resbalosa, y llena de picotazos”; o si no, “la vida ej un caizón, sotenido por los breteles de la esperanza”. Tú, con tus ocurrencias y personalidad única, de alguna manera hiciste la vida más llevadera y memorable para muchos de nosotros. Hoy me dio por recordarte y quise hacerte este pequeño homenaje; ojala lo apruebes: Gracias, Dominguito.

Isaias Medina Ferreira
http://www.maovalverde.com/contact/isaias-medina-ferreira.html

Comentarios (2)Add Comment
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escrito por moncito, noviembre 22, 2007
Esta es un clasico. Genial, Sr. Ferreira. Me gusta la filosofia de la vida de Dominguito. Gracias, gracias... cuando va a salir el libro?
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escrito por Carlos Castellanos, septiembre 28, 2007
Me dice mi tío Orlando quien ha vivido en Mao toda su vida, que conoció a Dominguito y algunas de las cosas que usted narra. Yo me gozo todas estas Cosas de Mao. Espero que siga produciendo más.

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