En los años de 1950 y 1960, Mao tenía muy pocos sitios de entretenimiento. Entre las pocas diversiones que habían estaba El Samoa Bar, el exclusivo Club Quisqueya (frente al parque), ir al “play” los domingos e ir a dar vueltas al parque los domingos en la noche, mientras al compás de los conciertos “requeteoídos” de la banda municipal de música los mocitos hacían estupideces para llamar la atención de las nenitas y “Enerito”, el charro de los cajuiles, llamaba asimismo la atención con su atuendo mejicano, cuyos pantalones llevaban “aletones” y su “chaquetín” alamares y cachiruelas, hechos de cajetillas de cigarrillos, mientras portaba sus “pistolas” de “cacha blanca” al revés y una cuerda de vaquero con la que daba demostraciones de piruetas y enlace.
Estaba, además, el teatro Jaragua y la presencia de un circo de mala muerte que venía a instalarse anualmente en algún lote vacío de la ciudad, cuya atracción principal eran los camellos sarnosos y hediondos, muertos de hambre, el Mago Casimir, el hombre “comefuego”, la mujer vampiro, las “sillitas voladoras”, Mr. X, la cabeza sin cuerpo, o “Pumpo”, el motorista extraordinario, quien por 3 minutos más o menos, daba vueltas dentro de un globo hueco; y, por supuesto, los bares no aptos para la “gente decente”.
El teatro Jaragua de don Mario Evertz estrenaba una película semanal, muchas veces un “doble hit”, y ofrecía tandas matinales y matinée los domingos. Las tandas y los matinée, además de ser testigos de citas amorosas, eran una bomba de adrenalina: ¿Cómo olvidar las series del Capitán Maravilla, de Tarzán, Batman, Superman, Red Ryder, Roy Rogers, Hoopalong Cassidy o Rod Cameron, que todos los domingos te dejaban en suspenso, con el héroe atrapado mientras el edificio ardía, una sierra eléctrica gigantesca se acercaba a su cabeza, o estaba próximo a ser hervido vivo; o la amada o heroína amarrada a los rieles luchaba por zafarse, mientras un tren se deslizaba a velocidad de rayo?
Otras veces, El Jaragua ofrecía carteleras de boxeo y lucha, y una que otra vez traía una “vedette” de quinta categoría que al remeneo de sus voluptuosas caderas y senos marchitos, y al ritmo de “y yo canto a Cuba querida, la tierra de mis amores...”, impartía lujuria por los aires que dislocaba las testosteronas de los mocitos.
La forma de anunciar las películas y espectáculos era a través de unos cartelones pintados a mano que, pegados con almidón a una base de hojalata con marco de madera bruta, se colocaban estratégicamente en las esquinas de las calles más concurridas y a través de una guagua anunciadora que recorría el pueblo acarreando la voz “dramática” de Mariachi, para quien todas las películas estaban llenas de “acción, valor, coraje, ondas pasiones”. A veces, cuando la guagua se “desgüañangaba”, que era a menudo, las películas las anunciaba “Foro”, quien parado en las esquinas con su “jututo” rojo, nos recordaba de la cita que teníamos con la fantasía del celuloide.
Cada película se anunciaba de la forma particular que su contenido precisaba. Si era de horror, Mariachi decía, “no venga solo, pues las imágenes reales de este largo metraje le harán creer que las garras del mismo pecusio lo acarician”; si era de vaqueros, “vea como un hombre valiente salva el honor de su familia tirando más tiros que el diablo, sin tener que recargar el revólver”. Las románticas eran descritas como “hombre cegado por los celos, desinfiela a su contrario”; o si no, “vea como un hombre celoso, ante los ‘ojos bonitos’ que su amada hace a su contrario, se amarga y le saca la jiei”. A veces era, “venga a presenciar esta gran producción del cine mejicano en que las canciones de Miguel Aceves Mejía, (o de Pedro Infante, o de Jorge Negrete), hacen llorar hasta a las cebollas”.
Pero donde Mariachi se esmeraba era cuando anunciaba La Pasión de Cristo. Su voz se volvía lúgubre y penosa; comenzaba casi en un susurro y a medida que se emocionaba iba en crescendo que se convertía casi en aullido de rabia: “venga y acompañe al mártir del Gólgota en su pasión dolorosa y vea cómo saca a los mercaderes del templo a puras trompadas... llore con María Magdalena lágrimas desoladas ante el sufrimiento del Señor... acción, valor, coraje, ondas pasiones en esta gran producción del cine español; asista, no deje que le cuenten, pues no es como estar ahí y además, nadie cuenta las cosas como son. Venga temprano para que encuentre asiento; no se quede en casa o se lamentará; después no diga que Mariachi no lo invitó... vea la Pasión de Nuestro Señor, crucificado salvajemente por nuestros pecados… perdónalos Señor que no saben lo que hacen… ¡partía de herejes sin concepto!”.
Cuando acababa de decir sus palabras, o sonaba música por el altoparlante en tono con la película, o el mismo Mariachi silbaba como “pajarillo enjaulado”, y para terminar, decía en tono “amejicanado”, “ai, nos vemos, manito... uyu, yuy, ¡mariposa de mil colores! ¡Me gustan las altas y las chaparritas, que tengan su novio cara de baboso! ¡Pa’que me desvelo por ti, mi china, si te causan asco mis ojeras!… No lloro porque te vas, sino porque no te aj ido… No se preocupen mis cuates, ya volverá el Mariachi… Ay, chatita rechula, qué bueno el sufrimiento, si lo causas tú con tus tormentos… adiós que me voy… se va el Mariachi, se va; se va, pero volverá”. Y así iba el Mariachi de barrio en barrio, como silueta errante en el marco de la sombrilla fabulosa de color violeta, amarillo quemado y rojizo de los fuegos artificiales del rey sol mientras se acostaba en el majestuoso atardecer maeño, repitiendo su mensaje emocionado a todo el pueblo, y mientras lo hacía, afianzando su presencia en la historia vernácula de nuestro querido Mao. Trozo de historia inconsecuente quizás, pero al fin parte invaluable de nuestro folclore.
Glosario: Pecusio = el diablo Miguel Aceves Mejía, Pedro Infante y Jorge Negrete = Cantantes/galanes mejicanos de moda en esa época. Por “embromar”, la muchachada decía Miguel Aveces Gemía, en lugar del nombre correcto. Jututo (fututo) = instrumento tubular, de forma cónica, como de pie y medio de largo, abierto en ambos extremos. El anunciante habla por la parte estrecha hacia la más ancha lo cual, con la concentración que da el instrumento, provee cierta “amplificación” a la voz. Aletón = en los pantalones de charros mejicanos es una extensión de aproximadamente dos centímetros de ancho que lleva el pantalón a todo lo largo, en ambos lados; es decir, que quedan en la parte exterior de cada pierna. Las cajetillas de cigarrillo Hollywood, de la Tabacalera, eran de papel (no cartón) y junto a la parte plateada eran dobladas en zig-zag por Enerito, como en cadeneta, las cuales colocaba en la parte exterior del pantalón negro ajustado, al estilo charro. Por un par de horas, Enerito era un puro charro, hasta en su forma de hablar. Chaquetín = chaqueta de charro. Alamar = bonito adorno trenzado que sirve para abotonar el chaquetín. Cachiruelas = adornos en la espalda, en los brazos o en los puños del chaquetín.
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