En mis tiempos de mozalbete (la década de 1960), recuerdo que en Mao habían dos estudios fotográficos, la Foto Mao, cuyos propietarios no recuerdo, excepto que tenían un hijo llamado Luís, quien era mi amigo, y la Foto El Arte, de Rafael Reyes, ambas en la calle Duarte, la primera cercana al parque central, por los alrededores de la Farmacia Bogaert, y la segunda casi llegando al canal Bogaert.
Entre los fotógrafos ambulantes recuerdo a Sixto y a Judas, o “Júa”, como llamaba comúnmente el pueblo a este último. Las cámaras “instantáneas” de entonces eran unos cajones cerrados montados en un trípode, con una manga o un paño negro, debajo del cual se metía el fotógrafo para centrar la imagen del sujeto a retratar.
Debido a esa composición tan peculiar, algunas personas se referían a dichas cámaras como “la parturienta”, y al fotógrafo como “el partero”. En el negociado de cédulas, que a la sazón quedaba en los alrededores del parque, siempre había dos o tres de esos fotógrafos esperando clientes. Como se podrá imaginar el lector, esos cajones no se prestaban mucho para la transportación y al ser tan primitivos, revelaban fotos en blanco y negro borrosas, de muy pobre contraste, las cuales con el tiempo se borraban por completo.
Con el tiempo, recuerdo que Júa, por ser el “decano” de los fotógrafos de Mao, recibió de manos de uno de los políticos en boga en la época, una de las verdaderas cámaras “modernas”, cuadradita, que podía colgarse del cuello, lo cual le daba libertad para desplazarse por el pueblo en busca de clientes.
De la destreza de Júa, que según la gente era más labioso que buen fotógrafo, se decía que cuando enfocaba a alguien delante de un jardín, a veces “salía” el jardín, pero no la flor (la persona). Según las malas lenguas, siempre faltaba o una cabeza o un brazo y a menudo todo: no era inusual, decían, ver revelarse un “paisaje” negro con rayas blancas, o blanco con rayas negras.
De Júa recuerdo que le aterraban las culebras, sobre todo las verdes. Era suficiente mencionarlas en su presencia para que Júa comenzara a sudar frío, llegando en ocasiones hasta a desmayarse. La muchachada cruel, que sabía de ese miedo infernal de Júa a las serpientes, no dejaba pasar oportunidad para torturar al pobre señor voceando cuando este pasaba por las calles, “Júa, cuidao con la culebra”, lo cual ponía visiblemente nervioso al Sr. de los lentes redondos, gruesos como fondo de botella.
Creo que Júa vivió hasta pasado los cien años, no creo que tuviera familia en Mao y nunca se dejó ver sin su saco y su corbata. Todos quienes le conocimos veíamos en él a un señor muy correcto y respetuoso, que no se metía con nadie, quien vivía dedicado a su oficio todo el tiempo.
Aunque nunca lo conocí joven, cuentan que una vez en sus años de juventud, fue acusado de violar a una menor, lo cual él negaba vehementemente.
La familia de la menor, no satisfecha con las negativas de Júa, lo sometió a la justicia. Ya finalizando el juicio, cuando todo lo acusaba, Júa tuvo la oportunidad de dirigirse al juez en su propia defensa, y esto fue lo que dijo:
Sr. Juez: Dicen que ‘tuve con ella, Me lo ‘tán acumulando. Ella sí ‘tuvo conmigo, Pero yo con ella, ¿cuándo?
Excepto por los pagos de las costas, a Judas no se le probó que fuera culpable, pero cuando él contaba la historia, a la primera estrofa, que a decir verdad lo condenaba, añadía la siguiente:
No sé lo que tiene la gente, Que todo lo dice al revés. Porque a lo Judas, Judando, Judas picó y se fue.
Isaias Medina Ferreira http://www.maovalverde.com/contact/isaias-medina-ferreira.html
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