Pero eso sí… ¡que hable dominicano!La calle 14, en el bajo Manhattan, NY, siempre ha sido lugar de baratillos, por lo que es muy frecuentada por los hispanoamericanos, en especial los dominicanos residentes en Nueva York y sus alrededores y hasta los que van de visitas y aprovechan para hacer sus compritas. Hasta allá se dirigió un día una compueblana, en los años de 1970, con el propósito de comprar unas cuantas cosas que deseaba enviar a Mao.
Cuando llega, le dice a Luís, uno de los dependientes, a quien conocía bien por haber estado allá en innúmeras ocasiones, “oye, Luisito, vine a compraite un televisói bueno, bonito y barato”. “Usted sabe, doñita.... aquí sólo vendemos esa marca”, replica Luís ruiseño.
La señora se puso a observar los modelos en exhibición y eligió uno que estaba sintonizado al canal 41, localizado en New Jersey, uno de los pocos canales que en ese entonces transmitía en español. Luís le dice, OK, ahora se la busco, mi doñita, y ya iba de camino para el almacén, en la parte atrás, cuando la señora le pregunta que para dónde iba, que si no había oído que la que quería era la que estaba ahí en exhibición, que era la que “hablaba” dominicano. Y Luís le contesta que él va a buscar una idéntica a la parte de atrás, nuevecita, en su caja, que no se preocupara, que era lo mismo. En eso estalla nuestra señora, y comienza a echar pestes por esa boca, que ella quería esa, la que “hablaba dominicano”; ninguna otra, que esa era una falta de consideración a ella que había sido tan buena clienta, y maldito “asaroso”, por aquí, y “degraciao”, por allá…
Después de mucho debatir, Luís, que la conocía como nadie, al fin pudo convencerla de que era lo mismo y que una nueva en caja le convenía más. “Tá bien, Luisito, búcamela; pero eso sí, asaroso, asegúrate bien que la maidita televisión hable dominicano, poique si comienza en Mao con un güiri-güiri que éi no entienda, juancito me mata, y depué vengo yo y te mato a ti, degraciao, asaroso…”.
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