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Creerse mesías es la cosa más perniciosa en el mundo. Hay alguien que es responsable de estos desvaríos humanos que han dejado marcas desastrosas al través de la historia. Satanás se creyó el ser más grande y poderoso del universo, y tuvo la pretensión más atrevida: ser igual al Altísimo. Cometió la osada insensatez de querer hacerse Dios. De él aprendieron los hombres a tomarse prerrogativas impropias a su naturaleza. Por causa de los que se han creído salvadores del planeta se han producido las más sanguinarias guerras y se han elaborado los más insignes disparates. Orgías de poder se han realizado con una espantosa premeditación fanática, llevando a multitudes desprovistas de juicio y de razón a suicidios masivos. Los que se creen mesías han implantado el odio entre las razas, las ideas y las confesiones. Siembran una maleza de supremacía que horroriza, y dejan sus huellas trascendiendo las distancias y las edades, para maldición en la historia. Ninguna área de la vida ha escapado a las influencias del mal obsesivo que es la locura de creerse único e imprescindible. La historia se ha encargado de guardarnos las memorias de los nefastos acontecimientos en los que ha sido protagonista algún engreído monstruoso, inflamado por el mismo infierno. Frente a tales ambiciones se hace imperioso poner los pies sobre la tierra, cuidarnos de seguir a tales pretensiosos y aferrarnos al sentido común. Mesías es sólo Jesucristo, único Ungido celestial, con toda la gloria de Dios, "la imagen misma de su sustancia" (Hebreos 1:3); la persona que tiene la auténtica misión de ser el Salvador, único redentor del mundo; único Salvador en todas las materias, inclusive de la política, en cualquier pueblo, incluyendo el nuestro.
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