|
Por Leandro Gonzalez
|
En el día de hoy es necesario explicar muy bien la persona, obra y naturaleza de la Tercera Persona de la Trinidad. Porque el creyente se enfrenta a menudo con conceptos como “unción” que pretenden parecer como ideas nuevas en la operación del Espíritu de Dios. El uso de este término ha minado la conciencia de nuestras iglesias a tal punto que son muchos los supuestos predicadores que bajo el “influjo” de la “unción” reclaman autoridad y dominio sobre las mentes de sus feligreses.
Estos “líderes” realmente piensan que han encontrado algo fresco, pero lo cierto es que lo único que están haciendo es haciendo una elocuente demostración de su ignorancia en los menesteres más elementales de la fe cristiana.
La unción no es nada nuevo en la terminología bíblica; en el Antiguo Testamento eran ungidos con aceite: los sacerdotes (Ex. 29: 1-7), los profetas (1 Reyes 19: 16), los Reyes (1 Samuel 10: 1). Encontramos expresiones como: “Ungido del Señor” (1 Samuel 12: 3). En el Nuevo Testamento entonces vemos que tanto el Señor Jesucristo como los creyentes eran ungidos con el Espíritu Santo (Juan 1: 32, 33; 2 Corintios 1: 21). ¿Por qué entonces rodear de misterio una práctica tan generalizada y común en el pueblo de Dios? En el Antiguo Testamento, con aceite de manera simbólica, y en el Nuevo Testamento con el Espíritu Santo, como cumplimiento a lo que había sido profetizado.
Lo cierto es que en la Biblia encontramos varias maneras para denominar la experiencia personal con el Espíritu de Cristo. Uno puede ser lleno del Espíritu, bautizado por el Espíritu, recibir el Espíritu, ser ungido por el Espíritu, y todo tiene el mismo propósito: tener comunión, armonía, ser dirigido o guiado por el Espíritu Santo.
Cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre la iglesia por primera vez en el día de pentecostés, en el aposento alto, los ciento veinte reunidos allí tuvieron una experiencia extraordinaria, fuera de serie, podríamos decir: irrepetible. Era el cumplimiento de una profecía del Antiguo Testamento, específicamente algo predicho por el profeta Joel (Joel 2: 28- 32) y además algo que también hacía posible que la profecía de Jeremías 31: 33 y Ezequiel 11: 19 pudiera ser posible. El Espíritu Santo descendió al corazón del hombre, entre otras muchas cosas, para obrar el milagro de hacernos sensibles a la voz de Dios.
Los acontecimientos que rodearon esta operación única de Dios fueron espectaculares: Un viento recio, como lenguas de fuego sobre sus cabezas, hablaron en lenguas (específicamente idiomas humanos desconocidos para ellos) que las personas de diferentes nacionalidades presentes en Jerusalén entendieron; el apóstol Pedro, un hombre de poca instrucción predicó un sermón tremendamente convincente y coherente para la inauguración de la obra del evangelio en y a través de la iglesia. Más adelante, algunas de estas manifestaciones se repitieron, pero no con la intensidad con que ocurrió aquel domingo de pentecostés. Es evidente en la Escritura que a medida que se fue desarrollando la historia de la iglesia estas manifestaciones se fueron reduciendo cada vez más.
Pretender en el día de hoy repetir exactamente lo ocurrido en el día de pentecostés es algo verdaderamente innecesario, y querer hacerlo en cada culto es demasiada exageración. El hecho histórico de la dispensación de la gracia y la venida en toda su plenitud del Consolador entre nosotros, tenía que estar rodeado como otras entradas de Dios en el escenario humano, con júbilos celestiales que deslumbrasen a los incrédulos y llenara de inspiración a los creyentes.
Recordemos los acontecimientos que rodearon el nacimiento de Jesús: Fue engendrado milagrosamente en el vientre de María, una estrella guió a unos magos hasta donde él estaba, unos pastores recibieron el anuncio de su nacimiento por medio de ángeles, su nacimiento provocó la ira incontenible del malvado Herodes quien dio muerte a una cantidad enorme de criaturas inocentes, Etc. Ninguno de estos hechos se volverá a repetir. De igual manera, no tenemos por qué esperar que los hechos que rodearon el derramamiento del Espíritu Santo se vuelvan a repetir cada vez que nos reunimos en adoración a Dios.
Es muy común escuchar decir que una evidencia de tener el Espíritu Santo es hablar en lenguas. Esto presupone que Dios dará a todos los que se conviertan el don de lenguas. Cuando se pertenece a un grupo que enseña este criterio teológico, uno se puede encontrar con personas que con tal de ser aceptados como “genuinamente” espirituales, se inventan algún tipo de “jerigonza” que dé la impresión de que están hablando en lenguas. Esta actitud desdice mucho de una verdadera experiencia con Dios.
Se supone que una de las cosas que hace el Señor en la vida de los creyentes es darle una personalidad íntegra donde se aprende a desechar la hipocresía. La mayor evidencia de estar bajo la influencia del Espíritu de Dios es una vida santa, obediente, lleno de humildad; de tal manera que el carácter manifieste una conducta congruente con las enseñanzas del Maestro. Lo más triste de todo esto es que, muchas veces, quienes dicen haber sentido estas increíbles experiencias no lo corroboran con sus acciones. Es imprescindible que la experiencia cristiana esté respaldada por la conducta adecuada que procura agradar a Dios en todo lo que se dice y todo lo que se hace.
Es necesario decir también que algunas personas que dicen haber tenido algún tipo de manifestación sobrenatural del Espíritu Santo, en su trato diario con el prójimo exhiben una arrogancia y orgullo enfermizos. Pretenden que todo el mundo crea en sus experiencias solamente porque ellos lo dicen. Llama la atención el ejemplo de algunos individuos que dicen haber tenido una experiencia con Dios, pero la incompatible, decadente y miserable conducta moral que observan en su cotidianidad muestra todo lo contrario.
|
|
|
|