El pecado embrutece PDF Imprimir E-Mail
Encuentro Marcado
Por Leandro Gonzalez   
Escuché esta expresión en un encuentro de pastores y líderes. ¡Cuánta verdad encierran estas palabras: el pecado embrutece!. Cuando somos niños tenemos el corazón abierto para Dios, para la Biblia. Por eso dijo el Señor Jesús que el que no sea como un niño no podrá entrar en el reino de los cielo (Mateo 18: 3).

El ser humano, como todos los seres vivos se desarrolla, crece, y también crece su cerebro, y uno pensaría que se vuelve más inteligente, pero no, si en ese proceso la persona no llega a conocer a Dios, lo que sucede es un embrutecimiento, su mente se va cerrando a la verdad de Dios y se convierte así en un racionalista materialista.

El pecado embrutece al hombre, tal es el caso, que el profeta Isaías exclama: “El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor: Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento” (Isaías 1: 3). Juan nos relata que Jesús vino a este mundo, un mundo hecho por él, y el mundo no le conoció, y que vino a los suyos, a los judíos, y los suyos no le recibieron ( Juan 1:10,11). Esa es sólo una muestra del embrutecimiento que alcanza el ser humano por causa del pecado.

Todo ese embrutecimiento le viene al hombre desde el momento que comienza a tener conciencia moral, o sea desde que se da cuenta que existe.  Entonces es importante instruir al niño en las verdades bíblicas para que cuando su cerebro madure tenga una firme convicción de fe en Dios. Esto concuerda perfectamente con el mandamiento bíblico, que dice: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6).

Dios mandó al pueblo de Israel a instruir a sus hijos en la verdad de su Palabra: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas” (Deuteronomio 6: 4-9).  Estas palabras, conocidas bajo el nombre de Sema son recitadas cada mañana y cada atardecer por los judíos ortodoxos, y lo han sido durante muchos siglos. Esta práctica garantiza en mucho que la familia dé continuidad a la fe; para que sea una herencia espiritual esta debe ser enseñada. Este ejercicio prepara a los hijos para vivir una vida en el temor de Dios, que es “el principio de la sabiduría” (Proverbios 1:7).

La sociedad será transformada el día que todas las familias se unan para instruir a sus hijos en el conocimiento de la Palabra de Dios. La sociedad norteamericana no es la misma después que se sacó de las escuelas la lectura de la Biblia y la oración. No se puede sacar a Dios de la vida y luego esperar que todo va a ir bien. Toda esta práctica de leer y estudiar la Biblia puede sanar al  individuo del embrutecimiento que produce el pecado.

Aun con toda su ciencia, el hombre de este siglo hace gala del embrutecimiento de las cosas verdaderas. El apóstol Pablo en I Corintios 1: 18-31 nos pinta un cuadro que demuestra la condición de ignorancia del hombre pecador (el concepto de Pablo era “Hombre natural Vs. Hombre espiritual", I Corintios 2:14).

 El pecado nos hace ser toscos y ásperos con nuestras parejas, son nuestros hijos y con nuestros relacionados. El grande índice de violencia en la familia que llega a la muerte, es una manera diabólica de manifestación de los estragos que produce el embrutecimiento del pecado.

La ignorancia que se advierte en personas ilustradas, prefiriendo el uso de palabras groseras en sus conversaciones, la falta de compasión por las personas, el terrorismo, y el abuso inmisericorde en actos de esclavitud y genocidio xenofóbico, el que se emborracha o usa drogas a sabiendas del daño que se provoca a sí mismo y a los demás, el sexo ilícito que genera desgracia moral y enfermedades mortales, todo esto nos habla de la negrura que engendra el pecado en el corazón humano. ¡Cómo embrutece al hombre el pecado! Ya lo dijo el Señor: “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8: 34).

Para el embrutecimiento hay un sólo tratamiento: Nacer de nuevo, ser hecho una nueva criatura, nacer de Dios por medio de confesar a Cristo como Señor y Salvador.

Leandro González
http://www.maovalverde.com/contact/leandro-gonzalez.html


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