I Pedro 3:7
“Vosotros, maridos, de la misma manera vivid con ellas con comprensión, dando honor a la mujer como a vaso más frágil y como coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no sean estorbadas”.
La oración es el medio que tenemos los cristianos para comunicarnos con Dios. Por medio de la oración le decimos a Dios las cosas que necesitamos. Por medio de la oración alabamos a Dios. Por medio de la oración le agradecemos a Dios por su cuidado, protección y bondades. Por medio de la oración intercedemos por otros. ¡Cuánto podemos hacer por medio de la oración! En definitiva, orar es un acto de adoración.
Creo que uno no puede permanecer siendo cristiano sin la oración. La oración es el recurso por excelencia para invocar el nombre de nuestro padre Dios cuando nos sentimos solos. La oración es el medio por el cual los que se arrepienten pueden confesar sus pecados al Señor.
Jesucristo nos enseña que podemos pedirle a Dios cualquier cosa, siempre que lo hagamos con fe, creyendo de corazón, y en su nombre (Mateo 21:22). Pero el apóstol Pablo nos dice que las concesiones en la oración están subordinadas a las cosas que nos convienen (Romanos 8:26). En ese sentido las oraciones sólo serán contestadas por el Señor siempre que no sea para nuestro perjuicio. Dios es el único que sabe lo que nos conviene. Por eso tenemos a Santiago diciéndonos que los seres humanos muchas veces no sabemos pedir (Santiago 4:3). Por ese motivo el Espíritu Santo se encarga de traducir nuestras peticiones, y ponerlas en su justa y adecuada dimensión (Romanos 8:26).
Así que, Dios ve el anhelo del alma más que las palabras de nuestros labios. Dios lee nuestros mensajes como quien lee entre líneas, interpretando todo el sentido de nuestro deseo verdadero.
Todo creyente puede orar. Todo creyente debe orar. Todas las cosas las debemos poner en oración. Cuando estamos pasando por dificultades, cuando estamos enfermos, cuando tenemos algún motivo de gracias.
Debemos acostumbrar orar en compañía de la familia. A esto se le llama el “altar familiar”. Con razón se dice que “la familia que ora unida permanecerá unida”.
Debemos orar en todo momento, “en todo tiempo” (Efesios 6:18). En un lugar especial y a una hora especial. Pero también a cualquier hora y en cualquier lugar. Orar de pie, sentado o acostado. Pero orar de rodillas es mejor, la postura del cuerpo está en armonía con la actitud del corazón. Podemos orar cuando estamos trabajando, o cuando estamos descansando. “Orad sin cesar”, dice el apóstol (I Tesalonicenses 5:17). Y nuestro Señor Jesucristo nos manda: “Velad y orad, para que no entréis en tentación” (Mateo 26:41).
Las personas que oran periódicamente recibirán la iluminación de Dios para obrar a favor de otros en oraciones de intercesión poderosas, “ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas”... y con “temor reverente” (Hebreos 5:7). Este tipo de oración siempre da resultados asombrosos. ¿Te das cuenta cuán imprescindible es la oración? Pero, ¿Qué sucedería si tu oración fuera estorbada?
La oración puede ser estorbada en dos sentidos: (a) que no sientas deseos de orar , y (b) que las oraciones que hagas no lleguen a Dios. Ambas condiciones son muy tristes. Quiero que veamos cómo nuestras oraciones pueden ser estorbadas.
I.- Nuestras Oraciones Pueden Ser Estorbadas Por el Desinterés Que Tengamos en Practicarla.El que no hace de la oración una costumbre tendrá dificultades a la ora de orar. Cuando hablo de costumbre o hábito, no me refiero a una simple rutina sin sentido. Por ejemplo, el oficio que realizamos todos los días se convierte en una rutina favorable que nos genera beneficios materiales y destreza en nuestra profesión. Pero cuando pasamos tiempo sin trabajar nos damos cuenta que hemos perdido habilidad en el manejo de nuestra ocupación. Así sucede con la oración, si no la practicamos como el trabajo no tendremos la soltura requerida. Esto puede resultar fatal a largo plazo, porque puede llegar el momento en que nos acostumbremos a vivir sin orar, como muchos que ya se acostumbraron a no trabajar. Si uno no trabaja, se convierte en poco menos que un parásito; pero si uno como cristiano no ora, todas las horas de trabajo no podrán satisfacer nuestra vida, por mucho que amemos lo que hacemos. Así como no podemos progresar en nuestro trabajo sin una disciplina constante, asimismo no podremos crecer en la gracia si no practicamos de manera vehemente la oración.
Quien no ora todos los días no sabrá qué decir cuando le toque orar. Es el hábito lo que hace al maestro.
Lo que hacemos diariamente lo hacemos bien, o llegaremos a perfeccionarlo de tal modo que los frutos se verán. ¡Cuántas oraciones no han sido elevadas ante el trono de Dios únicamente por pereza y negligencia! No es falta de fe, es falta de disposición.
No hay que ser un experto para orar todos los días, pero si oramos siempre nos convertiremos en profesionales de la oración.
Que las oraciones sean estorbadas por nuestra ignorancia de la necesidad que ella reviste, es la causa de las más grandes miserias en la vida de un cristiano. El descuido de la oración no sólo estorba nuestra comunicación con Dios, sino que limita nuestra capacidad en todos los sentidos. Nos asombraríamos si supiéramos cuanto vigor puede proporcionar la oración. Es un ejercicio que demanda tiempo y concentración.
Piensa en lo siguiente: por nuestra salud física somos capaces de someter a nuestro cuerpo a una rutina diaria de ejercicios. Por una o dos horas podemos caminar y hacer gimnasia hasta el cansancio. De lunes a viernes, y hasta el sábado. Y sin duda veremos los resultados positivos. ¿No te parece que podemos hacer lo mismo con la oración? Necesitamos ejercitar nuestra alma así como ejercitamos nuestro cuerpo. ¡Y qué espectaculares serán los resultados! Para hacer ejercicios tenemos un tiempo, una ropa y un lugar; y ajustamos nuestro reloj biológico para que nos despierte cada mañana, y ya sea que sintamos deseos o no para ir a caminar o correr, sólo por habernos despertado nos preparamos y salimos a calentar nuestros músculos y a ponernos en forma. El confort que sentimos después de una hora es la recompensa.
La mente está más lúcida para pensar, y más ágil nuestras extremidades para actuar. Pero mucho mejor sería si a ese enorme esfuerzo físico añadimos una buena dosis de oración para que esas energías sena bien canalizadas. Un cuerpo sano en mente sana será de uso bendito y santo en la posesión de una vida que ora.
Es bueno saber que hay una gran diferencia entre el ejercicio físico y el ejercicio espiritual. El ejercicio físico, si bien requiere de una fuerte disposición, es algo natural, de este mundo. Estamos cultivando un cuerpo que por mucho que nos afanemos será deshecho tarde o temprano, con o sin ejercicios. ¡Claro!, estoy de acuerdo que velemos por nuestra salud física, eso es parte de nuestra mayordomía integral y Dios lo quiere así, pero sin que hagamos de ello un culto al cuerpo como los impíos. Así que el ejercitarnos físicamente es bueno, pero no es algo trascendente.
En cambio, el ejercicio espiritual, la oración, la adoración, la devoción es algo sobrenatural, no es de este mundo, por eso requiere de una mayor determinación que para el ejercicio físico. Pero una vez que nos decidimos a orar podemos contar con el estímulo devino permanente. Ya no será tanto el timbre del reloj biológico que nos despertará cada madrugada, sino el Espíritu Santo de Dios que nos hablará al oído para anunciarnos el comienzo de un nuevo día.
La oración es para el alma, lo que el fisiculturismo es para el cuerpo. La oración es lo que sintoniza nuestra carne con lo espiritual. La oración armoniza lo terrenal con lo celestial, lo temporal con lo eterno. Entonces, no estorbemos la oración. No desperdiciemos tanta riqueza puesta en nuestras manos. Seamos sabios y oremos más.
Es simple, te levantas, te pones en actitud reverente, y abres tu boca con sinceridad y con fe, y le hablas a Dios como lo haces con el ser que más respetas y admiras en este mundo, con toda confianza y sin miedo de ninguna especie. Recuerda que Adán y Eva, nuestros primeros padres hablaban con Dios, paseándose con él en el huerto, ¡Qué confianza! ¡Qué familiaridad! Así es como Dios quiere que sea hoy. En toda la Biblia puedo ver que Dios quiere ser nuestro Padre y que nosotros seamos sus hijos (2 Samuel 7:14). Eso es algo bien claro en el corazón de Dios, pero necesita ser algo claro en el corazón tuyo y en el mío. Jesucristo vino a este mundo para mostrarnos el propósito maravilloso del amor grande de Dios Padre. El hizo lo suficiente para que podamos regresar a la armonía del paraíso, a esa comunión con Dios que perdimos por causa del pecado. Creyendo en Jesucristo, en su muerte, sepultura y resurrección, tú puedes llegar a ser hijo de Dios con todos los derechos, sin que nada ni nadie estorbe tus oraciones.
II.- Nuestras Oraciones Pueden Ser Estorbadas por Nuestras Actitudes Negativas. Los dos grandes mandamientos son: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”...y “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37,39). Fallar en cualquiera de estos mandamientos nos puede estorbar la oración. Pero no lo hará más que nuestra impertinencia y terquedad en permanecer en falta sin procurar o desear la paz y el perdón.
¿Qué podemos hacer para ofender a Dios? O mejor, ¿No ofendemos a Dios de muchas maneras? ¡Pero qué bueno que Dios no guarda rencor!
Entonces, ¿por qué no nos escucha cuando le ofendemos? Simple, porque él es una persona, no una cosa. Primero tenemos que confesar nuestros pecados antes que él pueda escucharnos. Si vivimos pecando Dios no nos puede escuchar. Esto es debido a que él nos quiere disciplinar.
Cuando Dios nos escucha, lo hace porque nos ama. Cuando Dios no nos responde, también lo hace porque nos ama, quiere que nos demos cuenta que estamos en falta con él y que necesitamos arreglar nuestra vida. En el caso de los impíos es muchísimo peor, el Señor dice que “Dios no oye a los pecadores” (Juan 9:31). Cuando actuamos mal delante de Dios estamos edificando murallas que nos destruyen. Entonces estamos propiciando que Dios venga y destruya los altares que hemos levantado. ¡Esa es una dura cosa! ¡Recuerda la torre de Babel! La idolatría impide que nuestras oraciones lleguen al cielo. Los idólatras no son sólo los que se postran ante imágenes físicas, sino que hay muchos tipos de idolatrías. La más peligrosa de todas es la que está soterrada, la que no se ve, que no tiene una imagen que la represente; aquella que está en nuestro corazón y que fatalmente guardamos con celo. Todo lo que nos impide una comunión sincera con Dios es idolatría. Todo lo que está antepuesto al nombre glorioso y demandante de Dios es un estorbo para nuestras oraciones.
Podemos venir a Dios con palabras hermosas y rebuscadas, pero vacías, y no llegaremos a él. Nuestras oraciones con esa actitud se quedarán en el camino.
No es la oración bonita de nosotros o de otros lo que agrada a Dios, “sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios” (I Pedro 3:4), “al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmos 51:17b).
No es la penitencia, ni la mortificación del cuerpo, tampoco el martirio de nuestras fuerzas físicas lo que impresiona a Dios, sino nuestro amor sincero y puro hacia él. No hay nada más elocuente para abrir las ventanas de los cielos que la obediencia. Los que le hacen caso a Dios siempre tendrán las puertas del cielo abiertas para ser escuchados. Dios siempre escucha a los que lo escuchan. De este modo Dios nos enseña a ser agradecidos y consecuentes. Nosotros necesitamos aprender cuánto dependemos de Dios. Por medio de la oración es como le mostramos a Dios nuestra constante dependencia de él.
Cuando nuestras oraciones no son contestadas, es posible que debamos revisar nuestra relación con Dios. Deberíamos prestarle más atención a los resultados de nuestras oraciones. Por ejemplo, podemos anotar las peticiones que hacemos y ver cuáles de ellas Dios nos ha respondido y cuáles no. En un promedio de oraciones debemos tener resultados favorables. Hagamos la prueba, para que contabilicemos nuestra relación con Dios. Quizá haya cosas en nuestra vida que debamos ajustar, o actitudes con respecto a Dios que debemos revisar. Quizá no estamos haciendo cosas que Dios quiere que hagamos, o estamos haciendo algo a lo que Dios quiere que renunciemos.
Una vida que no es genuina, tendrá problemas a la hora de ver la respuesta de sus oraciones. Pero una vida que es genuina, hasta en el silencio de Dios puede ver la voluntad para su vida.
Dios no necesita que oremos para concedernos su protección, de hecho él “hace salir su sol sobre malos y buenos, que hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:45), sobre los que oran y sobre los que no oran; pero los cristianos necesitamos orar. La vida cristiana tiene demandas que no tiene la vida sin Dios. Los creyentes somos conscientes del obrar de Dios, pero el mundo ignora y menosprecia estas cosas.
¿Te das cuenta que Dios es bueno? El conoce nuestras necesidades (Mateo 6:25-34). Dios nos proporciona más de lo que le pedimos, y también sin pedirle nada. Porque él es un padre amoroso. Nuestros hijos reciben muchas cosas de nosotros sin que nos las pidan, porque nosotros sabemos lo que ellos necesitan. Dios es así también. Pero todo será mucho mejor para nosotros, no para Dios, si oramos.
No permitamos que nada de nuestra vida nos estorbe la oración. Ninguna cosa mala que hagamos en este mundo, ninguna injusticia, ningún mal proceder en la conducta. Por eso nos manda la Palabra de Dios: “por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mateo 5:23,24). La oración es tu mejor ofrenda a Dios, si no estás en paz con tu prójimo, eso la puede estorbar, igual que se vuelve ineficaz tu ofrenda.
Ofendemos a la gente de muchas maneras. Muchas veces somos conscientes de ello y a veces no. Pero si eres consciente, no vaciles en buscar un arreglo. No pierdas tu tiempo orando si no te has reconciliado con tu hermano.
¿Y qué diremos de la familia? ¿Qué diremos de los hijos? ¿Qué diremos de nuestro trato con nuestra pareja? Nuestras oraciones pueden ser estorbadas por nuestro mal trato a los que están a nuestro cuidado. También los hijos y la esposa pueden estorbar sus oraciones con su mala actitud. Por eso tenemos un mandamiento que dice: “No se ponga el sol sobre vuestro enojo” (Efesios 4:26). No acariciemos el pecado. No acariciemos las malas acciones. No acariciemos los malos sentimientos. Ellos deben ser considerados como pecados que estorban tus oraciones.
Reprende en el nombre de Jesús todo aquello que te impide la oración eficaz. A veces hay que permitir que nuestros derechos sean pisoteados para mantener la paz. No te aferres a tus reclamos egoístas, despójate. “Niégate a ti mismo”, dijo el Señor Jesús.
Sin llegar a ser un estoico, sin llegar a ser un masoquista, sin llegar a ser un servil, sin llegar a ser un miserable, sin llegar a ningún extremo, deja que tu alma se libere de todos los estorbos que te impiden una feliz oración.
Di con el poeta: “Quiero subir la cuesta del calvario, Subir por ella como tú subiste. Con valor, silencioso y temerario. Señor, yo quiero ser como Tú fuiste”. Leandro Gonzalez http://www.maovalverde.com/contact/leandro-gonzalez.html
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