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Me acerqué a la cueva para ver de cerca. Y encontré la mortaja y los lienzos que cubrieron su cuerpo muerto. Yo estuve en aquel lugar cuando lo embalsamaron. Recuerdo que Nicodemo donó el aromático ungüento que perfumó su cadáver. José de Arimatea, venciendo todo temor, dispuso de su tumba cavada en la roca. Era una tumba nueva, una tumba para enterrar al autor de la vida que había sido vilmente asesinado. Las mujeres lloraban desconsoladas, allí yacía inerte el objeto de todas sus esperanzas. Lo acompañaron por la vía dolorosa, cuando cargaba impotente el peso de aquella cruz. Verlo derrotado era el dolor más grande. Ahora todo había terminado, ya descansaba en paz el pobre Maestro. Por fin estaba lejos de la bulliciosa lujuria humana, estaba más allá de la miseria de este mundo. No había nada más que hacer, solamente consolarse con visitar su tumba y ungir su cuerpo, llevarle flores al cementerio y suspirar hondamente cuando la mente se llenara de recuerdos. Pero cuando vi aquello quedé maravillado, su cuerpo no estaba, y aquellas sábanas daban la impresión de que nunca habían sido usadas, estaban blancas y relucientes, como si alguien simplemente se hubiese levantado y arreglado su cama. Ese día vi como se llenaron de valor sus discípulos que antes habían estado escondidos. Sus apariciones majestuosas abrieron los ojos de sus seguidores. Ahora nada ni nadie evitará que lleguen con su mensaje hasta el fin del mundo. Aunque sus enemigos digan lo contrario, la verdad es que nadie puede negar que Jesús realmente resucitó. Yo sé que su tumba está vacía.
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