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28
2008
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La carrera magisterial, entre docente y funcionario PDF Imprimir E-Mail
Por Santiago A. Peña T.   
Primera parte

La manera más común de iniciarse en la carrera magisterial es como docente. Restringiendo la amplitud del término, al margen de lo que establece la Ley 66/97, al rol de maestro de aula. A partir de esta ley se requiere para ello poseer un título docente, lo cual no era imprescindible antes de que esta se pusiera en vigencia. Aun después, esta prescripción, en buena parte no se cumple.

Ingresar como docente titulado a la edad que establece nuestra constitución que se adquiere la ciudadanía, en la década de los 70s o antes, solo era posible gracias a la existencia de las escuelas normales, donde con el  segundo año del bachillerato aprobado se podía optar por una beca para estudio, sometiéndose a un riguroso sistema de selección.

En esta circunstancia el ingreso era más o menos fácil. La oferta de docentes graduados era escasa, aunque la oferta de empleo era más reducida. Pero los titulados, al igual que ahora, y parece que para siempre tenían el “privilegio” ante los demás. Esto era posible, porque a pesar de todo, era menos politizado el sistema de selección –si es que existía alguno- de los aspirantes a la carrera docente.

Se argumentaba, que los docentes graduados de las Escuelas Normales, al ingresar, debían trabajar por lo menos dos años en la zona rural. Paradoja de la vida, esto no era una exigencia para los no graduados o  bachilleres. A finales del año 1976, la comunidad de Guatapanal, me alberga en su escuela, para ese entonces, se le denominaba, como se hacía con las escuelas básicas completa, Primaria intermedia.

La escasez de transporte por la vía que comunicaba a Mao y guatapanal, trabajando dos tandas unificadas, (una doble jornada por un salario de 135 pesos mensual), que era la forma en que se laboraba en la zona rural, para cumplir, obligaba a pasar la semana en el lugar de trabajo. La comunidad de Guatapanal disponía para entonces de servicios  básicos precarios o inexistentes, totalmente abandonada a la suerte, sin energía eléctrica centro de salud, ni agua potable. Además de vías de acceso y calles en estado deplorable. La más absoluta pobreza la envolvía.

En pocos meses, el amigo, y compadre, Juan Pablo Jáquez, quien después de ser compañero de estudios en el bachillerato y en la Escuela Normal, se había  convirtido también en compañero de trabajo, compra un motor rojo, Honda 70. Entonces se inicia la travesía diaria hacia guatapanal. La carretera de cascajo y tierra,  en sus largos 25 kilómetros o más, era tortuosa. Polvorienta en tiempos de sequía, lodo pegajoso y resbaloso, conjugado con grandes charcos en la época de lluvia. Entre las tantas cosas que pasamos, nunca olvido una mañana de intensas lluvias en la que un poco antes de llegar a Guatapanal, después de varios intentos hechos para devolvernos por las dificultades en el camino, atravesando un profundo charco, el motor se apaga en medio del mismo. Ese día no hubo clases, por suerte los estudiantes no asistieron. A partir de esa experiencia, el compadre gestionó su traslado, yéndose a un campo del municipio de Esperanza. Años después, Juan Pablo, emigra del país en la búsqueda de nuevo horizonte.  Hoy continúa en la docencia, como maestro en la escuela Elkin, del  Distrito Escolar de Filadelfia en  Pensilvania, Estados Unidos.

Pero continuemos, con la  parte  esencial que motiva el relato. En los países pobres o subdesarrollados, los servicios básicos que debe garantizar el Estado a la ciudadanía y muy especialmente la educación, son precarios. Esta precariedad se resume en dos palabras fundamentales, falta de calidad y de equidad, con todas las implicaciones que esto conlleva.

Después de haber pasado por la experiencia de luchas que significaban en esa época los liceos, cuando se llega joven, graduado con la férrea formación que ofrecían las escuelas normales (en condición de interno), con inquietudes, deseos de trabajar y con visión del futuro,  se encuentra uno con que la labor a parte de lo difícil que es, coloca al maestro en un medio en el que tiene que convertirse en un ente mediador y propulsor de la satisfacción de inquietudes de la comunidad,  de su propio ambiente y condiciones laborales. Se trata de un reto que tienes la opción de asumirlo o  rechazarlo. Si te decides por la primera, te apropias de una gran responsabilidad consigo mismo y para con los demás. Decidirse por la segunda, implica alejarte del duro trajinar de la realidad que representa la carrera por la que optaste. Es una forma de convertirse en uno más del montón.

Entonces tú no puedes actuar con indiferencia en la labor de maestro, de educador, con las implicaciones que esto conlleva. Compenetrarte con la comunidad, hacer tuyos sus problemas y luchar junto a ella.

En el aspecto laboral, ni se diga. Si asumías la lucha comunitaria, con más razón para apropiarte de la lucha por las reivindicaciones propias y de tu clase. En tales circunstancias, la Asociación Dominicana de Profesores (ADP), era el refugio obligado, y no solo  para ello, también te insertabas en la lucha por los reclamos más sentidos de la población, que siempre son bastante. Entonces, sin saberlo, o sin salir a buscarlo, te conviertes en dirigente sindical.

Te sientes totalmente identificado con tu clase y la lucha por los intereses de la población necesitada. Muchos amigos: dirigentes, compañeros de trabajo, gente que te observa desde afuera y se identifican contigo y con tu causa.

La suerte me acompañó, justamente a los dos años, logro el traslado a la ciudad, lo cual no era difícil para ese tiempo, dependiendo de los contactos y  habilidades para gestionarlo. Llegue a la Escuela de Sibila, llamada también de Los Cajuiles, o la Escuelita Verde. Muchos, especialmente Doña Altagracita, la llamaban Pericles Bienvenido Disla.

Trabajando ya en la ciudad, surgen otras inquietudes. Era necesario superarse. La mejor manera de hacerlo era ingresando a la universidad, para estudiar la carrera de Educación. No había muchas alternativas de estudio que estuviesen al alcance, por limitaciones económicas y de tiempo, pues no existían en Mao centros de estudios superiores. Haciendo un gran sacrificio económico, en planes especiales para maestros que poseía la PUCMM, comienzo a dar viajes todos los sábados. Pero esto no duro mucho tiempo, solo un semestre.

Continuará….

Comentarios (4)Add Comment
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escrito por Gema, noviembre 17, 2007
Hola, que interesante, los maestros debieramos escribir mas nuestras historias, no necesitamos que alguien registre nuestras voces si lo podemos hacer por nosotros mismos. Espero la continuacion.
Saludos de la Normal Estatal de Ensenada, BC
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escrito por Santiago Peña, abril 22, 2007
Gracias, un abrazo Yanery
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escrito por YANERY, abril 20, 2007
Saludos especiales, con mucho cariño, desde NY.
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escrito por Juan Pablo, abril 09, 2007
Gracias compadre por traer a mi memoria aquellas memorias de nuestro primer ano como maestro graduado. Tengo muchos buenos y malos recuerdos de aquellos anos los cuales se convirtieron en la realidad misma de mi existencia.

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