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30
2008
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Topicos y Opiniones
Por Isaías Medina-Ferreira   

Alberto Gonzales: entre la lealtad y el deber

En lo que se ha convertido en un espectáculo penoso, el coro de personalidades, de todas las banderías políticas, que hace presión sobre Alberto Gonzales para que renuncie como Procurador General subió de intensidad esta semana pasada.

Pobre Alberto Gonzales. Verlo testificar frente al senado repetidamente se ha convertido en una rutina de mal gusto. En más de una ocasión Gonzales ha dicho que la sarta de acusaciones y epítetos virulentos de que a menudo es víctima resultan dolorosos tanto para él como para su familia. La pregunta que se hace el público es por qué seguir exponiéndose a que le digan mentiroso, incompetente, inepto, no confiable y toda la retahíla de insultos de que es blanco.

De todos los flancos surgen voces airadas que piden o la renuncia o el despido de Alberto Gonzales, pero las dos personas que podrían poner fin a este vía crucis, tanto el presidente como el propio Alberto Gonzales, parecen inmutables en su propósito de que el procurador permanezca como jefe del Departamento de Justicia, no importa el daño que cause tanto a su persona y a su familia como a la credibilidad de la alta posición que ocupa.

Cada minuto que Gonzales se mantiene en su posición, es una oportunidad para la prensa de escarbar más profundo y analizar una carrera pública que tiene las huellas de George W. Bush en cada pulgada de su extensión. Tanto es así, que al preguntársele una vez a Alberto Gonzales quienes eran sus ídolos mencionó a sus padres y al Sr. Bush, como los más importantes. Los primeros por ser sus forjadores y el segundo por haberle dado la oportunidad de servir públicamente cuando era un desconocido.

Y no hay nada malo en ser leal y merecer la confianza de su jefe. Mientras Gonzales se desempeñó como consejero legal de Bush, tanto en Texas como en la Casa Blanca, esa relación estrecha entre ambos, que tiene raíces ideológicas comunes, y el resultado de su trabajo, primero cuando asesoraba al gobernador y luego al presidente, era un asunto personal cuyas consecuencias nadie cuestionaba, excepto cuando de la asesoría de Gonzales se derivaban decisiones que afectaban al público o a las leyes del estado o de la nación.

Cuando uno investiga esa relación, lo que llama la atención es el afán de parte del subordinado de siempre complacer al jefe, llegando el subordinado incluso a desafiar los límites de la legalidad o lo moralmente correcto con tal de lograr el objetivo. Casos como no presentar todas las evidencias al entonces gobernador Bush en ocasiones en que éste debía decidir si conmutar o no la ejecución de un reo, porque no había en realidad voluntad de perdonar a nadie, han salido a la superficie como muestras de conducta amañada de parte del Sr. Gonzales. Ya en la Casa Blanca, la interpretación tergiversada de la Convención de Ginebra para permitir o justificar la tortura a los llamados “combatientes enemigos”, es otra de las formas en que Gonzales ha servido sin cortapisa a su “amo”. Y son esos sólo dos ejemplos de muchos comprometedores.

Cuando Bush propuso a Alberto Gonzales como Procurador General, una de las preocupaciones de los representantes del Senado, entre ellos el Senador Patrick Leahy, de Vermont, dado el historial de la relación de amistad entre ambos hombres, era si Gonzales podría actuar independientemente, como lo exige la posición a que aspiraba y hoy ocupa, o si la amistad y la lealtad al presidente Bush se impondrían sobre los llamados del deber e influenciarían sus decisiones. Aunque Gonzales dio seguridad al panel de que entendía lo importante de ser independiente y cumplir ante todo con su deber, sus actuaciones, que muchos llaman servil y dócil, contradicen las promesas que hizo entonces y por eso se encuentra hoy en aguas tan turbulentas. Sus actuaciones hasta ahora han reflejado la mentalidad de un hombre todavía al servicio del presidente, no la de un servidor público independiente que debe hacer lo que es correcto a favor del público al que debe representar impartiendo justicia imparcialmente.

En medio de toda la tempestad que se ha desatado contra Gonzales, está el alegato de que su conducta como procurador demuestra que ha seguido siendo un accesorio político del presidente Bush y que para tratar de despistar a los investigadores, sus testimonios ante el Senado han sido deliberadamente engañosos y falsos.

Específicamente se alega que 9 abogados federales bajo su mando fueron despedidos de sus posiciones por no haber ejecutado órdenes provenientes de la Casa Blanca. Se sospecha que los abogados en cuestión fueron presionados antes de las elecciones de 2006 para que hiciesen sometimientos judiciales a candidatos de la oposición con tal de darles ventajas políticas a los republicanos. Sobre Gonzales pesa además el alegato de haber abusado de los programas de espionaje interno y de mentir acerca de ello.

No importa cuan estrecha sea la amistad de Gonzales y Bush, ésta no debe influir en las importantes obligaciones de uno y otro.

Alberto Gonzales es un hombre que al presente pasa más tiempo contestando preguntas de un Senado que obviamente no confía en él que resolviendo los asuntos de su oficina. La pregunta de rigor es, ¿Por qué, Alberto Gonzales? ¿Vale la pena continuar recibiendo insultos, rebajar su dignidad y seguir causando dolor a la familia?

Basta ya de recibir ultrajes y humillaciones, Alberto Gonzales. El tiempo no lo indemnizará, sino que agravará y debilitará más su situación. Haga lo honorable: ¡Renuncie!

Isaias Medina Ferreira
http://www.maovalverde.com/contact/isaias-medina-ferreira.html
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