| Castigos, abusos y violencia |
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| Por Isaías Medina-Ferreira | |
La vida parece no tener valor. Un delincuente mata a su víctima para quitarle un celular, una cadena, un par de tenis o una bicicleta. Las actividades de pandillas van penetrando a sitios donde parecía inconcebible que llegaran. ¿Qué está pasando? ¿Será como dicen muchos que es debido a la falta de disciplina en el hogar o que los niños están expuestos a demasiada violencia, tanto en el hogar como en la calle, o a través de los medios de comunicación? Entre nuestras obligaciones de padres, está la responsabilidad no sólo de proteger a los hijos de todo lo que conlleve peligro, sino de encaminarlos de manera que lleguen a ser ciudadanos productivos y respetuosos. Entre esas obligaciones está incluido vigilar y disciplinar a los pequeños, lo cual a veces requiere castigos que les den a entender que todas las acciones fuera de las normas de conducta, por las consecuencias que generan o puedan generar, son inaceptables y conllevan reacciones muchas veces incontrolables. Esto significa a veces tener que dar una nalgada oportuna, o hasta un correazo, a un chico que esté fuera de control. Independientemente de la posición de cada quien respecto a los castigos corporales, creo que muchos venimos de hogares en que una “pela” merecida de vez en cuando, era la norma. Quizá porque no ha sido necesario, ni yo ni mis hermanos hemos sido muy fanáticos de los castigos corporales con nuestros hijos—lo cual no quiere decir que de vez en cuando no hayamos tenido que aplicar el principio del “amor con rigor”—, pese a que en nuestra niñez y parte de la adolescencia, recibimos más de una merecida “pela”. Nuestro padre no fue ni es un hombre violento, sino un trabajador incansable, siempre en pie de lucha para llevar al hogar la manutención de más de una docena de bocas—más todo el que tocara hambriento a la puerta—, que para cumplir con la responsabilidad de lograr sacar hombres y mujeres de bien, moldeando mozalbetes inquietos e indisciplinados, en más de una ocasión se vio precisado a dar una lección inolvidable con la correa. Para mis hermanos y yo, un castigo, fuera corporal o privarnos de una diversión, era una forma de pagar por faltas cometidas a las normas y la armonía del hogar, y, por extensión, para evitar faltas futuras a la sociedad. Por eso, entre nosotros esas sesiones eran conocidas como “momentos de justicia”. Nada más; y nada menos. Creo que puedo hablar en nombre de mis hermanos y declarar que estamos agradecidos de los padres vigilantes que no vacilaban en disciplinarnos con aplomo cuando era preciso devolvernos al carril del que nos habíamos separado, pues de lo contrario, dejados a nuestro libre albedrío, quién sabe dónde hubiéramos ido a parar. Una cosa que recuerdo de los castigos en nuestro hogar, era que siempre contenían una lección: “Para que no lo vuelvas a hacer”; “prefiero mejor que sufras ahora y no cuando sea imposible enderezarte”. En otras palabras, “no te castigo porque gozo en hacerlo, sino porque te quiero y me dolería más verte desarrollar en algo que tarde o temprano te perjudique”. Hay un postulado que dice “la violencia engendra violencia”, el cual no rechazo, pero que debo poner en contexto. En ese sentido cabe señalar que aparte de las numerosas peleas entre hermanos y vecinos, “machitos” llenos de energía y bravuconería, y pese a los castigos mencionados, nuestro hogar no se puede catalogar de violento, pues nunca vimos a nuestro padre, ni por asomo, alzar la mano para pegar a nuestra madre y nuestras garatas no pasaban de uno que otro “estrujón” o un ojo “abollado”. Al contrario, todo lo que recuerdo de mi niñez son momentos felices, en un hogar dinámico en el que había que estar aguzado por el constante aprendizaje a que estábamos expuestos, en un casón con un patio enorme donde se reunía casi toda la niñada del barrio y donde siempre, mañana, tarde y noche, había algarabía y un juego en progreso: de béisbol, de “chatas”, de “bellugas”, “Camán”, de “libertad”, de parché, de ajedrez, de dominó, o intercambios de estampas de peloteros o artistas. Por eso, felizmente tengo para mostrar al mundo que tanto mis hermanos como yo comprendimos a cabalidad el mensaje de los castigos que recibimos, pues en nuestra adultez creo que todos somos útiles, con un gran sentido de civismo y de servicio a la sociedad y ninguno maltratamos a nuestra prole o a nuestras esposas (ni las hermanas maltratan a sus maridos, a pesar de que son de temperamento fuerte) y nuestros hijos, aunque no son perfectos, son normales. Es más, dentro de nuestra familia no hay nadie que practique deportes violentos, aunque debo confesar que nos gusta ver boxeo, no así practicarlo, y nos encanta la violencia de ver chocar una bola con un bate. No, no somos una familia perfecta, pero con todos sus defectos y deficiencias, el balance final es un ejemplo de disciplina hogareña que me enorgullece citar y que atribuyo con justeza al esfuerzo consumado de padres preocupados, vigilantes y conscientes de sus responsabilidades. Por lo precedente, se podría creer que es ésta una apología del castigo corporal. Nada más lejos de la verdad. Ni condeno ni ensalzo el castigo corporal, aunque en el ejemplo que cito de mi familia creo que trabajó. Lo cierto es que cada quien debe escoger el camino que crea correcto para cumplir con sus obligaciones de padre. ¡Por supuesto que hay millones de muchachos que han llegado a ser ciudadanos respetables sin haber tenido los padres que pegarles! Por otro lado, sí creo, sin ser psicólogo, sólo armado con mis conocimientos rudimentarios de padre, que si queremos criar hijos responsables tenemos la obligación de protegerlos, de vigilarlos de cerca, de preocuparnos de sus necesidades, tanto físicas como afectivas, de vigilar con quien se juntan, de alertarlos acerca de los peligros, y de aplicar castigos merecidos cuando sea necesario; no dejarlos a lo que ellos quieran, aunque debemos de tener cuidado de no criar resentidos sociales y de no abrir heridas sicológicas profundas. Por eso creo importante que, siendo firmes, sin enviar señales confusas y contradictorias a los pequeños, cuando castigamos, cada castigo debe ir acompañado de una lección que demuestre al crío que estamos castigando el acto cometido, no así condenando su persona, de manera que los chicos no interpreten que los castigamos porque no los amamos o porque los odiamos. Pero, no importa cómo ejerzamos nuestro papel de padres, es infinitamente importante que los críos sepan de una vez por todas quien está al mando del hogar, que toda acción crea reacción y que si la acción causa daños, estos deben ser reparados por con justicia, como pasaría en la vida real. Esto último se logra con firmeza de carácter y con buenos ejemplos, más que nada. El debate de si se debe disciplinar pegándole o no a un niño no es nuevo y creo que se seguirá debatiendo por generaciones. Hay quienes juran, sin embargo, principalmente entre las generaciones de nuestros mayores, que no hay mejor psicólogo y corrector de conducta que un buen correazo a tiempo; pero, ¿dónde trazamos la línea entre lo que es castigo y lo que es abuso? Una cosa es darle una nalgada o “pela” al niño o niña que sin saber del peligro que enfrenta se tira a cruzar la calle, o al que es abusivo con sus compañeritos, o al que se inclina a coger lo ajeno, o al que es irrespetuoso u holgazán, etc., y otra es descargar nuestras frustraciones sobre estos y pegarles hasta causarles daños físicos y sicológicos. Ese ensañamiento es abuso y no hay nada más detestable que ver a un hombre o mujer, que porque el niño o niña está en desventaja física y no puede defenderse, abusan de éste o ésta. Ese es, antes que nada, un acto de cobardía, que sí podría descarrilar a un muchacho. Las hazañas de los cobardes son harto conocidas. Los periódicos nos traen casi a diario fe de novias o esposas golpeadas brutalmente, o asesinadas, por novios o esposos celosos. El caso de los niños víctimas de abuso físico o sexual y de la negligencia de los padres, ha alcanzado cifras exorbitantes, casi epidémicas, que debe preocuparnos o llamar nuestra atención. En ese aspecto, lo menos que podemos hacer es ponerlo en el tapete, debatir el problema, hacer conciencia del mismo y tratar de buscar soluciones como sociedad. La violencia doméstica, principalmente contra los niños, va en aumento en todos lados y es sólo una dimensión de un problema mayor. Aquí cabe una pregunta difícil: ¿es la espiral ascendente de violencia consecuencia de la falta de castigos para disciplinar a los niños a tiempo, antes de que se conviertan en adultos sin valores; consecuencia del exceso de castigos violentos, o de la violencia doméstica; o como consecuencia de la violencia que el mozalbete absorbe de los juegos computarizados, de la sociedad misma, con sus guerras preventivas, o de la televisión o el cine? Por supuesto que esas no son preguntas fáciles y nadie parece tener una respuesta convincente; lo que sí sabemos es que los jóvenes parecen volverse cada día más insensibles y parecen necesitar diversiones más atrevidas y violentas para satisfacer sus embotados egos. Esto tiene a las autoridades de muchos estados en los Estados Unidos trabajando activamente para buscarle solución al asunto. En California, por ejemplo, una legisladora introdujo un proyecto de ley para criminalizar el castigo corporal a niños menores de 4 años. Aun reconociendo la buena intención de ese proyecto, resulta ser una intromisión, es limitado en su enfoque, y es muy unilateral. Además de que la solución, como en casi todos los problemas de esta índole, no es meter un gendarme en la casa, creo que si bien trata de proteger a los niños de ser víctimas de abusos, lo cual es loable, no enfrenta las causas de la violencia en general. Como dice un refrán popular, “la fiebre no está en las sábanas”. Creo que el florecimiento de monstruos como los asesinos y abusadores de mujeres y niños, los pederastas, los asesinos en serie y las pandillas urbanas, son todas ramas del mismo tronco: un producto natural de una sociedad inherentemente violenta, víctima de su “capitalismo salvaje” y postrada ante los fabricantes de armamentos, que exhibe una moral de cartón, la cual gravita alrededor del consumismo desenfrenado, con todas las presiones que éste implica para sobrevivir con su secuela de desigualdades sociales, y que se contenta con esgrimir valores superficiales y acomodaticios. La raíz de todos los males sociales está en la sociedad misma, por supuesto, y el caso del abuso infantil y la violencia no son la excepción. Nuestras situaciones no podrán cambiar si pretendemos poner “curitas donde se requiere operar” y seguir haciendo lo que acostumbramos, sin buscar con sinceridad las raíces profundas de nuestros males y estar dispuestos a corregirlos una vez los encontremos. Por lo visto, prácticamente se necesitaría una sociedad nueva para parar los problemas de la violencia. Comentarios (1)
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La vida parece no tener valor. Un delincuente mata a su víctima para quitarle un celular, una cadena, un par de tenis o una bicicleta. Las actividades de pandillas van penetrando a sitios donde parecía inconcebible que llegaran. ¿Qué está pasando? ¿Será como dicen muchos que es debido a la falta de disciplina en el hogar o que los niños están expuestos a demasiada violencia, tanto en el hogar como en la calle, o a través de los medios de comunicación? 
Moncito