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| Topicos y Opiniones | |
| Por Isaías Medina-Ferreira | |
El 11 de SeptiembreAl cumplirse un aniversario del ataque a las torres gemelasEl de 9/11/2001 fue sólo el segundo ataque enemigo recibido por el pueblo norteamericano en su propio suelo en toda su historia. El primero había sido Pearl Harbor, lo que provocó la entrada de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial. Lamentablemente, es posible que 9/11 no sea el último. Y en ese panorama todos somos un objetivo, pues los actos terroristas—o reivindicativos, como dirían los ejecutantes—no distinguen si eres minoría, mayoría, blanco, negro, víctima del sistema o mayordomo. Como inmigrante que has elegido a Estados Unidos como tu hogar, donde han nacido tus hijos y quizás tus nietos, no siempre es fácil reconciliar la ambivalencia de la lealtad al país que te ha dado la oportunidad de emprender una vida nueva y el reconocimiento de que ese país es el más violento que ha conocido la humanidad durante los últimos cien años; que ese país, al que tanto agradeces, es una maquinaria de invasiones, bombardeos, e instrumento inmisericorde de subversión para suprimir movimientos de cambios sociales en el mundo que no coincidan con su política. Muchas veces, lo natural es que nuestro agradecimiento al país que nos ha acogido se imponga a cualquier defecto que se le endilgue y sólo cantemos sus virtudes, haciendo caso omiso a lo negativo como “cosas creadas por los enemigos del sistema o los desagradecidos”. Sin embargo, cuando es precisamente en tu propio lugar de origen donde han sucedido algunos de los hechos más contundentes, reconociendo que ese país ha estado detrás del asesinato de líderes políticos, de la muerte de miles de inocentes, que ha derrocado gobiernos, que ha apoyado escuadrones de la muerte, que ha manufacturado noticias falsas para servir sus propósitos, que ha estado ligado, o ha permitido el tráfico de drogas, que ha pervertido elecciones y no ha vacilado en utilizar armas biológicas y atómicas, nuestro deber, aunque duela, es reconocer que si gozamos de un mejor estilo de vida en ese país, éste se nutre de las penurias de nuestra propia gente y aunque no deba ser razón para sentirnos culpables, por lo menos debe ser razón para no callar nuestra conciencia y evitar convertirnos en serviles, y “patriotas” superficiales y emocionales. Este país democrático no admite la democracia en otros suelos. Y tratando de imponer y mantener su hegemonía, y como instrumento de crear seguridad alrededor del mundo para las corporaciones norteamericanas que operan en el extranjero, su política exterior no obedece a ningún tipo de moralidad, sino a la necesidad de cumplir el objetivo de hacer que la mentalidad capitalista prevalezca en el mundo y así asegurar los mercados que lo posibilita, que los contratistas de defensa norteamericanos llenen sus bolsillos como pago a sus contribuciones políticas creando la necesidad de que haya guerras y prevenir que surjan modelos de gobiernos diferentes al sistema capitalista que puedan competir con esas corporaciones. En nombre de ese dictado, y encubriendo los verdaderos motivos bajo la excusa de combatir al comunismo ateo, entonces, y hoy, cubriéndose con la bandera de llevar la democracia a todo el mundo, sobre todo a los países del Medio Oriente, este país ha cometido barbaridades tan inusitadas, que lo menos que uno puede deducir es que los hechos de Septiembre 11 y cualquier otro ataque que pueda sobrevenir sea un pago a las políticas imperiales de un amo inflexible, que ha sabido usar fuerza excesiva para sofocar cualquier intento de zafarse del yugo que oprime a esas naciones. En nombre de la “democracia”, ¿a quién le importan 10,000 ó 100,000 muertos, si no hay ley para quien la crea, y sólo quien el amo tiene el privilegio de matar, de crear armas atómicas o gasificar a los contrarios? Como latinoamericanos, no necesitamos más que mirar a nuestro alrededor para obtener pruebas de esa política de violencia de que hablamos. En Chile, precisamente un 11 de Septiembre, en 1973, los militares, apoyados por la CIA, derrocaban a Salvador Allende, quien murió en el proceso, y lo sustituían con Augusto Pinochet. Acto seguido, el país fue cerrado hacia el exterior por una semana, los tanques destrozaron la ciudad capital, los soldados tumbaron puertas y apresaron ciudadanos a mansalva, los estadios se llenaron de prisioneros que luego fueron ejecutados y en las calles se apilaron los muertos o aparecían boyando en los ríos. Al final, más de 3,000 personas fueron ejecutadas, y miles fueron torturados o habían desaparecido. En Latinoamérica completa, desde el Río Bravo hasta la Tierra del Fuego, el patrón de subyugación, ha sido siempre el mismo. Desde 1846, cuando Méjico perdió un tercio de su territorio a manos estadounidenses, hasta 2004, cuando Haití fue una vez más invadido, Latinoamérica, en lugar de aliado ha sido víctima de la mano dura del vecino poderoso. No hay país de Latinoamérica que no haya sufrido la ingerencia norteamericana para suprimir cambios sociales que en ellos se gestaran. Todos han tenido su puñado de dictadores apoyados por el imperio, quienes han sido luego abandonados a su suerte cuando estos no servían sus propósitos. Trujillo, Batista, Duvalier, Somoza, Noriega, vienen a la mente. Pero el uso de la fuerza por parte del imperio no sólo se ha limitado a Latinoamérica y su poder se ha hecho sentir desde Europa—España, Italia, Grecia—, hasta Asia, África y el Medio Oriente. En todos los continentes, por donde ha pasado el imperio, ha dejado una secuela de muertes, atraso y amarguras, que lo menos que ha generado es resentimiento. Pero no vayamos tan lejos, una muestra fehaciente de lo que decimos se encuentra en la misma sociedad norteamericana, donde el indio fue salvajemente robado de sus pertenencias, casi exterminado, y los pocos que quedan viven como ciudadanos de tercera clase en su propio suelo, segregados de la sociedad en territorios llamados “reservas”. El ciudadano común norteamericano, que es el beneficiario directo de la política exterior de su país, sean las consecuencias buenas o malas, muchas veces ignora estas verdades—o creyéndose ser de un lugar predestinado lo sabe y acepta como mandato divino— y cree que su gobierno es el “salvador del mundo”. Cuando alguien se expresa en contra del país, la respuesta inmediata es que es generado por la envidia o por los mal agradecidos. Si alguien lo ataca físicamente, como sucedió en Septiembre 11, la pregunta es “¿por qué nos quieren hacer daño, si nuestra generosidad mantiene al mundo?”. Si conocieran la realidad de lo que hace “su” gobierno a otros gobiernos para mantener su estilo de vida, quizás comprenderían por qué el país tiene tantos enemigos, pusieran coto a la brutalidad del gobierno y talvez entenderían a disidentes como Howard Zinn y Noam Chomsky. Los hechos de Septiembre 11, 2001, fueron brutales, y ojalá nunca se repitan, primero porque ningún inocente merece morir por los errores de sus gobernantes y, segundo, porque como decíamos anteriormente, quienes vivimos en este país, todos sin excepción, podríamos ser blanco de cualquier ataque. Y es sólo cuestión de tiempo antes de que se realice otro ataque similar en suelo norteamericano. Sobre todo, mientras Bush sea el presidente, pues sus bravuconadas y arrogancia lo único que hacen es aislar más al país y provocar a un enemigo que en nombre de su causa está dispuesto a entregar lo más valioso que posee: su propia vida. Isaias Medina Ferreira http://www.maovalverde.com/contact/isaias-medina-ferreira.html Comentarios (5)
![]() escrito por Wilby Sánchez, septiembre 03, 2007
Felicidades !!! sr. isaías, siempre me detengo a leer sus articulos, pero este ha sido especial y no existe escala para valorar lo excelente que es!! suerte!!
escrito por Mayra, septiembre 03, 2007
Lo felicito por este articulo. Espero que las personas que lean este articulo habran los ojos y se den cuenta de esta verdad.
escrito por Isaías, septiembre 01, 2007
Alejandro,
Es imposible sostener una conversación fructífera con alguien que piensa con las tripas... por eso, la única solución es reconocerle su derecho a expresarse e ignorarlos. escrito por agr. alejandro j santana, agosto 31, 2007
lo felicito por tan brillante articulo, usted acaba de exponer la realidad de este pais, lastima que hay tantos inmigrantes especialmente de nuestro pais tan ignorantes que no entienden tan amarga realidad. estas personas con tener una nevera llena,ponerse dos trapos,y comprarse un carro para ellos este es el mejor pais del mundo, un paraiso.cuidado con hablar mal de este pais porque te dicen que tu haces en este pais? me da pena y lastima tanta mediocridad e ignorancia
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Como inmigrante que has elegido a Estados Unidos como tu hogar, donde han nacido tus hijos y quizás tus nietos, no siempre es fácil reconciliar la ambivalencia de la lealtad al país que te ha dado la oportunidad de emprender una vida nueva y el reconocimiento de que ese país es el más violento que ha conocido la humanidad durante los últimos cien años; que ese país, al que tanto agradeces, es una maquinaria de invasiones, bombardeos, e instrumento inmisericorde de subversión para suprimir movimientos de cambios sociales en el mundo que no coincidan con su política. 
Isaías