sep
05
2008
Today
La curiosidad perdida PDF Imprimir E-Mail
Por Isaías Medina-Ferreira   
Como bien sabemos los padres, abuelos y tíos, no hay nada más curioso y hambriento de conocimientos que un niño o niña. Pasar un par de horas junto a uno de esos locos bajitos puede ser un reto no sólo a la inteligencia, sino a la paciencia. Con la ingenuidad que les caracteriza, sin temor a aparecer “brutos” o mal informados, los niños son máquinas de hacer preguntas, que nunca parecen estar satisfechos. ¡Ah, la naturaleza! En su sabiduría, ésta planta en los seres vivos, principalmente en los humanos, las herramientas y la capacidad que les permiten sobrevivir y desarrollarse.

Y pensar que así de curiosos nacemos todos; pero un día, para muchos de nosotros, esa curiosidad se desvanece como por encanto y los “¿por qué?”, o desaparecen de repente y nos convertimos en sabios en nuestras propias opiniones, o merman poco a poco hasta que un día son suplantados por la timidez, la apatía y el desgano, y de investigadores activos pasamos a ser autómatas pasivos que no tenemos “necesidad” de adquirir más conocimientos porque “todo lo sabemos”, o a ser entes que, aterrorizados ante la posibilidad de que los demás descubran lo que ignoramos, preferimos permanecer agazapados en la oscuridad de la ignorancia antes que aventurarnos a iluminarla con un ¿por qué… ?. Llega un momento en que para muchos de nosotros aprender y escudriñar, atributos tan naturales en los seres humanos, en lugar de gozo, se convierten en un fardo pesado que en la mejor circunstancia consideramos un mal necesario, aunque angustioso, y, en la peor, una maldición de la que debemos huir, a veces a través de la deserción escolar o, pasada la escuela, enroscándonos en la mediocridad.

¿Cómo y cuándo fue cercenada en nosotros la curiosidad? Pudo haber sido en el hogar, cuando los padres, incapaces de responder a las preguntas del chiquilín, o por estar ocupados en problemas más “apremiantes”, ante su preguntar insistente sobre un tema lo ignoraron o lo despacharon con un “¿por qué eres tan preguntón?; Yo no sé, no embromes tanto, muchacho el cachimbo; ¡vete a jugar por ahí!”. O pudo haber sido cuando comenzamos a escondernos en nuestro propio cascarón como un mecanismo de protección ante las “cuerdas” de los compañeritos cuando se nos hizo imposible resolver aquella división de dos cifras o citar un ejemplo de un verbo. Es posible que aún años después, el recuerdo de aquellas carcajadas despiadadas nos cause náuseas.

La escuela puede ser un lugar cruel. Puede resultar traumatizante para un mozalbete de cinco años, lejos de la seguridad de la protección de los suyos, de repente encontrarse en un ambiente hostil, donde falte la dirección de un profesor o profesora que entienda lo horrorizado que está ese corderito. Las heridas sufridas entonces pueden durar toda una vida. Decía Bernard Shaw, “mi educación fue muy buena hasta que me la interrumpió el colegio”. Es posible que muchas de nuestras deficiencias se remonten a esos primeros años de escuela. Es durante esos años formativos cuando una mala experiencia nos puede infundir el odio a las matemáticas o a la gramática; odio que los años siguientes no hacen más que reforzar, al tiempo que añaden otras asignaturas en el proceso. ¿Por qué…?

Me parece, con la anuencia de los expertos en pedagogía y psicología, que es porque nuestro modelo de escuela, en el que el mismo traje de talla única debe encajar a todos, no suple la demanda intelectual de los diferentes estilos de aprendizaje (auditivo, visual o táctil) de los individuos congregados en un salón de clases. No todos aprendemos de la misma forma y en nuestro modelo, en que el estudiante es un espectador pasivo, siempre habrá algunos de ellos en posición de desventaja. Pero hay otra cosa: mientras nuestro aprendizaje en los primeros años de vida es a través de juegos, o sea, divertido; en la escuela de repente aprender conlleva trabajo y no hay un puente que comunique esas dos islas—más que por desidia, por razones prácticas— sino que debemos nadar arduamente de una a otra, muchas veces con escaso equipaje.

Hay otro ingrediente más, proveniente de la experiencia escolar, que puede marchitar la mente hasta del estudiante más prometedor: la escuela por lo general es aburrida y raramente nos enseña a “aprender”, a pensar, a razonar y a deducir. Todo se reduce a la manipulación de fórmulas y a la repetición automática de postulados, cifras y recetas que hemos atesorado por años y a las que respetamos como el Santo Grial y ¡ay del profesor que ose apartarse de esas enseñanzas o cuestione su validez! Es lamentable—aunque hasta cierto punto entendible, pero no siempre aceptable—, que nuestras escuelas sólo estén preparando alumnos para pasar exámenes. Esto explica en cierta forma la falta de curiosidad que la mayoría de nosotros externamos en la adolescencia y en la adultez.

Cuando nos graduamos, si es que llegamos tan lejos, privamos la mente de toda curiosidad intelectual: Se acaba la lectura por placer, aunque leamos los periódicos por los chismes políticos y los deportes. Rechazamos todo lo que necesite un poco de razonamiento y damos la bienvenida a todo aquello que sea escapismo. Nos convertimos en habitantes pasivos del planeta, testigos mudos de hechos que no podemos entender y mucho menos nos importa. Aquí me diría alguien, “¿y qué?; si alguien es feliz viviendo así, ¿qué tiene de malo?”. Y no hay dudas que es ese un derecho respetable. No obstante, ser un ciudadano informado me parece que da a la vida cierta calidad y proporciona placeres que no sentimos cuando ignoramos la mayoría de lo que vemos a nuestro derredor. Pero hay algo más: a lo que me refiero, más que nada, es que ser apáticos es contrario a la naturaleza y que si vamos a dar a nuestros niños la oportunidad de ser todo lo que puedan ser en su adultez, de algún modo debemos prepararnos para no matar su curiosidad y enseñarlos a aprender, a desentrañar conocimientos por si mismos desde temprano. Pero, lamentablemente, la mayoría de quienes enseñamos, no estamos preparados para ello. Lo cual de por sí exige paradigmas nuevos y un verdadero laboratorio para la experimentación.

La educación de nuestros niños debe incluir el cuestionamiento al status quo, el aprendizaje como juego y más que como receta con una serie de respuestas fijas, como un abanico de posibilidades en el que el profesor sólo sirva de instrumento, de catalizador, en el descubrimiento de la mejor respuesta, pero que los actores principales sean los niños. A éstos hay que inculcarles desde temprano que aprender es descubrir, que a veces existen varias rutas para llegar al mismo punto, que una respuesta errada sólo significa que tomamos la ruta equivocada y no es reflejo de lo que somos como seres humanos, que está bien cambiar de rumbo cuando se toma la ruta equivocada, que cualquier ambiente es propicio para aprender y que lo aprendido no es perdido. Deben nuestros niños cerciorarse temprano que si bien lo que ellos aprenden ha sido trillado por otros, siempre habrá la oportunidad de innovar y de descubrir cosas nuevas en el proceso.

Para 1900, los pensadores de la época consideraban que casi todos los misterios del mundo físico habían sido revelados. Excepto por unas cuantas preguntas referentes a las propiedades de la luz y a las radiaciones de los “cuerpos negros”, decían ellos, todo había sido conquistado. Como sabemos hoy, ¡cuán equivocados estaban! Casi inmediatamente, en 1901, nació la electrónica con la invención del tubo al vacío, y, en 1905, Einstein promulgaba su teoría especial de la relatividad dando respuestas a temas que por ser “misterios” caían en el dominio de la fe, al tiempo que creaban millares de preguntas nuevas. Esos trabajos permitieron los viajes espaciales, la fisión del átomo y una de inventos, descubrimientos y adelantos que desafían la imaginación.

Hoy más que en ninguna otra época, donde las comunicaciones son instantáneas y la información, tanto fidedigna como falsa, llueve a cántaros, debemos afilar nuestra curiosidad, para cuestionar todo y sólo aceptar lo que nuestra razón constate como valioso. Sobre todo, debemos luchar para que nuestros estudiantes no pierdan la curiosidad y el hambre de aprender. No paremos de preguntar, ¿por qué…?; o de plantearnos, una y otra vez, ¿qué tal si...? y derivar lo máximo de las posibilidades. Si nos cuesta trabajo preguntar por temor a hacer el ridículo, debemos tratar de imponernos a ese sinsentido ya que quien pregunta e indaga, sólo es ignorante una vez. Además, de alguna forma todos somos ignorantes; no podemos saberlo todo y no creo que eso deba avergonzarnos. Lo que no podemos es parar de aprender cosas nuevas y más por frenos que nosotros mismos nos impongamos. ¡Y hay tanto que aprender! Si pudiéramos experimentar deleite en aprender en lugar de pesadez…

Comentarios (3)Add Comment
...
escrito por moncito, noviembre 22, 2007
Otro articulo fuera de serie, Sr. Ferreira. Gracias.
...
escrito por Dionisio, mayo 11, 2007
Mi hermano Ramón, que como usted sabe enseña secundaria en Santiago, me recomendó este artículo. Muy edificante, como todo lo que escribe. Lo copié para analizarlo con mis amigos en la tertulia que tenemos cada quince días. Siga pa'lante, profesor, sus enseñanzas son necesarias.
...
escrito por MARGARITA PAULINO, marzo 29, 2007
MUY BUEN ARTICULO MI AMIGO ISAIAS

Escribir comentario
quote
bold
italicize
underline
strike
url
image
quote
quote
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley

busy