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Topicos y Opiniones
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Por Isaías Medina-Ferreira
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¡Pobre Duarte… pobre país!En la Internet circula un “video-clip”, parte del concurso Miss República Dominicana, el cual supongo que correspondiente a este año de 2007. Con quienes he consultado, me aseguran que el video es genuino; no una tomadura de pelo, ni un intento de hacerle pasar vergüenza a la provincia Monseñor Nouel, de donde es la participante, ni al país.
A la concursante se le hace la pregunta, “¿con qué personaje de la historia siente usted identificación y por qué razón?” La muchacha, risueña y con mucha confianza, contesta: “…bueno, muy buenas noches, primeramente… con una de las personas con que yo siento más identificación es con Juan Pablo Duarte; porque gracias a él descubrimos lo que es Hispanoamérica y si no fuera por él, quizás el latino todavía no estuviera descubierta… nuestro continente…”
Después de cerrar mis mandíbulas, que se habían abierto como un paraguas ante la incredulidad de lo que oía, fui presa de una irritación nauseabunda… y, entonces, después de un rato, cuando al fin me calmé, se apoderó de mí una tristeza profunda.
Antes de continuar, quiero confirmarles que no voy a unirme a la turba que de seguro se ha dado festín “relajando” a la pobre muchacha. Con haber causado humillación a su pueblo, al concurso que representaba y a sí misma, creo que el daño ha sido suficiente ya.
Tampoco voy a arremeter contra la juventud por su “cabeza llena de pajaritos”, contra ese tipo de concursos que “promueve la vanidad y la superficialidad”, ni mucho menos contra el sistema educativo “inadecuado”. Después de todo, la concursante se une a un gran porcentaje de dominicanos, el que desde los años 70 va en incremento, que desconoce lo fundamental de nuestra historia y de otras cosas que nos permiten hablar con inteligencia media acerca de lo que nos rodea y lo que pasa a diario en nuestro mundo.
En ese tenor, hace años que la excelente revista ¡Ahora! (desaparecida nada menos que por falta de lectores, lo cual dice mucho del problema que me ocupa), hizo una encuesta entre sus lectores acerca de “quién fue Juan Pablo Duarte?”. Las respuestas variaron desde el “dueño de los cuartos”, pasando por “el papá de to’ nosotros”, hasta “el que hizo el puente grandote” en la capital y el “dueño de la calle maj alborotá”.
Tampoco voy a decir que las metidas de pata y la falta de sentido común de muchos de nuestros jóvenes sea un problema exclusivamente generacional, pues a principios de los años de 1960, el gran humorista Milton Peláez compuso una canción que decía por eso estamos como estamos/ por eso siempre nos quejamos/ y tal parece que pensamos/ con los huesitos de los pies… y tal parece que gozamos/ con ver las cosas al revés, refiriéndose a las deficiencias de los dominicanos en todos los órdenes.
Ya en 1934, el argentino Enrique Santos Discépolo, en su tango Cambalache decía: ¡Hoy resulta que es lo mismo/ ser derecho que traidor!.../ ¡Ignorante, sabio o chorro,/ generoso o estafador!/ ¡Todo es igual!/ ¡Nada es mejor!/ ¡Lo mismo un burro/ que un gran profesor! Lo mismo que sigue pasando ahora. Es decir, siempre, en todas partes del mundo, ha habido mediocridad y deficiencia, lo que pasa es que ahora, con lo vertiginoso de las comunicaciones, éstas tienen más audiencia y se divulgan con más rapidez.
Lo que sí resulta chocante es que los dominicanos hayamos hecho tan poco para reparar algunas de nuestras deficiencias y que al parecer seamos más tolerantes, pues los premios a la mediocridad abundan. Pareciera como si nada nos escandalizara.
Por eso el presidente de la Cámara de Diputados dominicana no tiene empacho en decir que se opone a que se acorte el término de servicio de un diputado “porque no tendrían tiempo suficiente para recuperar la inversión de la campaña”, y nadie se escandaliza. Tampoco escandaliza que una empresa extranjera, con caso pendiente delante de la justicia dominicana por negarse a pagar 500 millones de dólares que adeuda al Estado mueva las teclas de su gobierno, la Secretaria de Estado de ese país llame al presidente de los dominicanos a comparecer delante de ella; que éste obedezca y que, por arte de magia, saltando por encima de la justicia, el presidente reduzca dicha cantidad a una fracción de la original. Tampoco le importa a nadie que personas con casos pendientes ante la justicia se conviertan en ministros del gobierno y que ciertos ministros, al tiempo que manejan los dineros del pueblo, llenen la capital de sus propias torres privadas.
A nadie inmuta al parecer que las calles de casi todos los pueblos del país estén inservibles, pues la gente, en vez de repudiar a sus representantes públicos: gobernadores, diputados y senadores, que podrían ayudar a resolver esas deficiencias, les rinde homenaje y pleitesía, y hasta serían capaces de reelegirlos en las próximas elecciones. Y, ¡créanme!, eso pasaría no importa cual de las siglas del alfabeto esté en el poder, pues en nuestro país se ha demostrado que todos sufrimos del mismo frenillo en la lengua y lo mismo da la L que la R.
A menudo oigo hablar de que la juventud de hoy día está más preocupada por lo que pasa en las vidas de las celebridades, con quién durmieron o con quién están saliendo, o por el último teléfono, iPod o artefacto electrónico salido al mercado, que estar informados acerca de los temas profundos que afectan al mundo como el calentamiento global, la carrera para buscar fuentes alternas de energía o los logros de la biotecnología.
Y si bien hay algo de cierto en la superficialidad de muchos muchachos que son incapaces de leer una oración de más de cuatro palabras sin “macujiar”, pues siendo profesor lo vivo a diario y es el mismo mal en todos lados; o de muchos de nuestros profesionales que escriben cajón con “g”, y son incapaces de sacar una deducción de la situación más simple o de interpretar cualquier concepto que tenga un mínimo de abstracción, con achacar la culpa a nuestra juventud estamos utilizando una salida fácil que nos libera a nosotros y a quienes nos precedieron de nuestra cuota de culpabilidad de todo lo que está pasando.
Lo que ocurrió a la concursante de marras es vergonzoso, sí; pero es sintomático de algo más profundo, de algo que va más allá del simple ver las faltas individuales y que para una sociedad a la que va absorbiendo el consumismo excesivo como una esponja guarda agua, vaticina días más tenebrosos aun. No hay dudas de que necesitamos una buena estrujada, pero es un lavado integral.
En un país en que es práctica común erigir estatuas de nuestros patricios en los parques que a la larga sepulta el cardenillo y son convertidas en blanco de excrementos de palomas y pajarillos, ¡y punto!; y en el que es costumbre cada 27 de febrero o 26 de enero depositar flores en nombre de un señor llamado Duarte, para acallar la conciencia propia y pretender que se es patriota, mientras los protagonistas de esos homenajes en su vida diaria practican lo opuesto del ideario del hombre que dicen honrar, existiendo incluso la posibilidad de que si viviera ese hombre fuera enemigo declarado de la mayoría de ellos; que la concursante confundiera al fundador de la dominicanidad con el “descubridor” de América, dentro del contexto, resulta una falta menor, por lo que siento inclinación a descargarla de culpabilidad.
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Domingo, creo que recibo todos los aplausos que merezco (la mayoría de ellos tras bambalinas, de gente que me escribe directamente y a veces entramos hasta en debates, que es lo que me gusta) y lo agradezco infinitamente; no todos los temas y enfoques deben gustar a todo el mundo, y eso hay que respetarlo. Creo que la mayoría de colaboradores estamos dando lo mejor de nosotros para honra de nuestro pueblo que en última instancia es el que debe quedar bien plantado ante el país y el mundo.
Quiero aprovechar para reconocer el trabajo inmenso que hacen Amauris y su equipo de colaboradores para mantener este proyecto viento en popa: es un trabajo excelente. Gracias, Amauris, Dayanara, Margarita y todos los demás que no siempre figuran y cuyos nombres no tengo a mano en este instante, por lo que les pido excusas...