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| Vivencias | |
| Por Pablo Mustonen | |
El pájaro bobo Tío Chelo era espigado y delgado, natural de Esperanza, de donde era oriunda la familia de mi querida madre. Las breñas, eran bosques casi inaccesibles; el sol casi no penetraba por el follaje de sus abundantes y espesos árboles; me encantaba seguir a mi tío en sus cotidianas cacerías, era un cazador certero y natural, conocía todos los trucos para evitar que las distintas aves lo detectaran.Con su escopeta de "pistón" y con un tiro en la recámara, y en el morral un par de plátanos asados y por "compaña" un tremendo chicharrón, que en la noche anterior, la abuela, con toda su bondad, nos había preparado para la aventura de ese día, con ese botín pasaríamos el día. Sigilosamente y casi contando cada paso, poco a poco y sin prisa, íbamos penetrando aquel bosque tenebroso, siempre alerta no ser que al llegar al río encontráramos el gran y peligroso caimán que, según los campesinos, merodeaba por los alrededores en busca de una buena comida para el mes. Recuerdo el día que mi madre le pidió a tío que me matara un pájaro "bobo", que según la tradición, levantaba el apetito. Ese día, llegó sin esperarlo. Casi al alcance de mis pequeñas manos, el "bobo" saltaba de rama en rama, lentamente y sin prisa, como haciéndose el desentendido, sin prestarnos ninguna atención. De vez en cuando croaba y este sonido me parecía mas bien de dolor que de alegría. Su bello plumaje marrón con sus alas blancas, cubrían todo su inmenso y frágil cuerpo. Era un ave majestuosa, más bien parecía un príncipe recién salido de su palacio que vestido con sus mejores galas, salía en busca de su amada princesa. Mi tío apuntó y aun recuerdo aquel “¡PUM!”, que retumbó en mis oídos. El ave cayó casi al instante, su bello cuerpo ya era cadáver y sus plumas eran un sólo manto de sangre; tío lo tomó en sus manos y mostrándomelo me dijo: "Toma, llévaselo a Trina, que lo cocine para la cena". Tomé el camino de regreso, contemplando aquel bello pájaro; lloraba como lo que era, un niño. Al llegar al río se me ocurrió lavarlo, para revivirlo y devolverle su libertad. A la orilla del Yaque y al borde de una barranca me pasé horas muertas, tratando de volverlo a la vida. Todo mi esfuerzo fue en vano, sin embargo. Ya con mis ojos enrojecidos, decidí ponerlo sobre una mata de cambrón. Utilizando la resina amarilla de este espinoso arbusto, le embarduné sus dos patas y utilizando una pequeña ramita para apoyar su ya rígido cuerpo, como pude lo coloqué sobre una rama seca; lo acicalé, hasta sentirme conforme con mi trabajo. Me alejé unos cuantos pasos y desde esa distancia me pareció un trabajo perfecto. El "bobo" lucía con su misma gallardía que cuando escuché sus primeros chillidos. Me sentí satisfecho por la labor realizada y lentamente me alejé del lugar. Tío llegó casi al anochecer y dirigiéndose a mamá, le dijo: ¿Ya le cocinaste el "bobo" a tu hijo? Asombrada, mi madre ingenuamente preguntó: ¿Cuál bobo? Pablo, ¿qué hiciste con el "bobo"?, preguntó tío. Salí disparado en dirección al patio, pero luego, al sentir hambre, regresé al interior de la casa y enfrentando a mi madre, le dije: Mamá, se me escapó volando y se encaramó en una mata de cambrón. Sentí un gran alivio después de balbucear aquella mentira. Sabía que seguiría sin apetito, pero juré que nunca jamás me acercaría a un "bobo" y mucho menos le haría daño. Esta bella ave ya se extinguió de nuestros desaparecidos bosques, quisiera volver a verlos, eran verdaderas "Aves del Paraíso". Pero lamentablemente, nuestra insaciable ambición acabó con todos ellos; ya no existen las breñas y los ríos desaparecen y mueren lentamente y nosotros, irresponsables, damos la espalda y miramos para otro lado. Ojalá, pudiéramos darle marcha atrás al reloj de la vida y retornar el pasado al presente, pero esto es imposible y la recuperación del "Bobo" es tan solo una quimera o una quijotada. ESO ERA VIVIR Pablo Mustonen Comentarios (1)
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Tío Chelo era espigado y delgado, natural de Esperanza, de donde era oriunda la familia de mi querida madre. Las breñas, eran bosques casi inaccesibles; el sol casi no penetraba por el follaje de sus abundantes y espesos árboles; me encantaba seguir a mi tío en sus cotidianas cacerías, era un cazador certero y natural, conocía todos los trucos para evitar que las distintas aves lo detectaran.
Cierto que desaparecen nuestros ríos, nuestros árboles, nuestras costumbres y hasta nuestra moral.
Ojalá y nos animemos a asumir más a menudo y con mayor dedicación la defensa de nuestra fauna y nuestros bosques lo mismo que nuestras buenas costumbres y principios ya perdidos. Ojalá y que los intelectuales asuman la responsabilidad que quienes nos desgobiernan han evadido.
Gracias de nuevo por su entrega y por permitirnos disfrutar de su capacidad literaria. Pensamos que usted, junto a Isaias Medina, Wendy Moronta, Angelita Montesino, Rosita Peralta y muchos otros y otras que nos entregan sus generosos aportes en esta página hacen un gran aporte a nuestro crecimiento.
Que no agote su tinta esa fina pluma.